sábado, 8 de junio de 2019

Urias heteo. Un relato novelado. Capítulos 4 al 7.

CAPÍTULO 4.
TIRO


La ciudad estaba dividida en dos partes, la principal y más hermosa estaba en una pequeña isla, situada a unas doscientas cañas de la costa, y en esta, se encontraban los suburbios, donde se contrataban los trabajos y se organizaban las exportaciones de una de sus principales riquezas: la madera de sus espectaculares cedros.

Después de descansar un par de días en una posada, acudimos a uno de los principales contratistas de leñadores, el cual en seguida nos vio, nos dio trabajo pues nuestro aspecto era robusto.

Al siguiente día, partimos a los montes cercanos, al inagotable bosque de imponentes cedros y ahí comenzó nuestra época de leñadores. El trabajo era muy duro y peligroso, de vez en cuando, alguien se hería con el hacha, o lo que es peor, quedaba aplastado por uno de los árboles. Pero aprendimos rápido, y el jornal estaba bien remunerado, pues los tirios exportaban la madera a muchas naciones, ya que ésta tenía muy buena fama por todo el mundo, estando cotizadísima.

Daba la impresión de que el plan de Ahimelec había dado resultado, estábamos bien pagados, –aunque parecía que nuestras ganancias nos quemaban en las manos, pues tal como las cogíamos, las gastábamos- éramos y nos sentíamos hombres libres.

La ciudad de Tiro era preciosa y allí se encontraban toda clase de objetos provenientes de los cuatro puntos cardinales del mundo: mármol de Tharsis, seda de los países más lejanos del oriente, especias de Arabia, oro, plata, metales…apenas había agricultura autóctona, pues importaban los cereales.

Existían multitud de talleres donde procesaban toda la materia prima, que conseguían sus expertos navegantes, por todo el Mediterráneo. Manufacturaban unas telas teñidas en color púrpura, que eran la envidia de todos los pueblos alrededor.

Pero de todas las maravillas, sus mujeres –decía el incorregible Ahimelec- eran las más hermosas. Y yo tengo que reconocer que lo eran, además, vestían mucho más vistosamente que las de nuestra tierra y tenían un carácter extrovertido y alegre, tal es así que eran ellas muchas veces, las que daban el primer paso a la hora de elegir pareja.

Trabajaban en los talleres, algunas eran dueñas de los mismos, y después, coincidíamos con ellas en los muchos sitios que había en Tiro para beber y divertirse. Ni que decir tiene que Ahimelec tuvo muchísimo más éxito que yo, en lo que a las muchachas tirias se refiere.

En Tiro también se trabajaba el hierro -de una forma mucho más avanzada que en Karkemish- por lo que podría haberme ganado la vida en cualquier taller, pero, la verdad, es que prefería el olor del monte por la mañana, respirar ese aire tan puro y contemplar esa belleza natural que me sobrecogía, y me hacía preguntarme qué dioses la habrían creado.

Sin embargo, a pesar de que todo parecía ir bien, al llegar la noche, cuando me encontraba en la cama, sentía un gran vacío en mi interior. Notaba que ese no era mi sitio, que había algo o alguien esperándome, un destino, una misión que cumplir. Intenté buscar respuestas en el templo de Baal, uno de los pocos dioses de los tirios, pero no las hallé, además, aunque los dirigentes de la ciudad no son muy religiosos, me sobrecogió el fanatismo de algunos, que aún ofrecían a sus propios hijos en sacrificio.

Pero una mañana, algo nuevo sucedió. El trabajo no paraba de aumentar y venía gente de diversos sitios. Ese día se unió un grupo de hebreos a nuestro tajo y un tirio que estaba con nosotros nos susurró mientras los mirábamos: “son gente extraña estos hebreos, es increíble que hayan conseguido asentarse en Canaán… ahora incluso tienen un rey.”

-¿Hebreos?- le pregunté, -¿no es de ellos de quienes hablan esas leyendas de hechos milagrosos ocurridos en Egipto hace tiempo, leyendas que incluso llegaron a Karkemish?-

-Sí, ellos son, no sé si será verdad lo que cuentan, y si su Dios los libró entonces y aún les guarda y guía, pero lo cierto es que ahí siguen.

Pero, lo que te digo, son gente extraña, tienen prohibido comer ciertos alimentos e incluso hay un día de la semana que no trabajan, de tal manera que hasta se abstienen de hacer fuego en sus hogares en ese día. Lo llaman el sabat o día de reposo. Lo sé porque, a veces, los capataces se enfadan con ellos, cuando dejan el tajo ese día.-

Y fue entonces cuando lo vimos por primera vez, me refiero a…


CAPÍTULO 5.
ELIAM


Eliam, ¡qué trabajador y buen compañero era! Cayó en nuestro grupo de trabajo junto con otros hebreos, tenía treinta y pocos años y era un hombre alto y fibroso.

Por su físico yo pensaba, y no me equivocaba, que tenía experiencia también en la batalla. Me llamó la atención su amabilidad con los compañeros, pero a la vez, no entraba en las conversaciones subidas de tono, ni tampoco se le escuchaba una mala palabra, había algo en él que me intrigaba.

Apenas cogí un poco de confianza, no pude contener más mi curiosidad y, aprovechando que estábamos cerca el uno del otro, cada uno con su hacha, dándole que te pego a los cedros, le pregunté:

-Eliam, ¿de veras crees lo que cuentan de tus dioses, que hicieron maravillas para sacar a vuestros antepasados de la esclavitud, allá en tierra de Egipto? En mi tierra se cuentan numerosas leyendas de muchísimos dioses, pero la verdad Eliam, es que yo no me las termino de creer- le dije tomándome un pequeño respiro, secándome el sudor de la frente.

-¿Dioses? Nosotros no tenemos “dioses” en plural, tan sólo Uno es Dios, y su Nombre es grande y admirable en toda la tierra.- Me respondió.

Esas palabras me desconcertaron, yo estaba acostumbrado a oír hablar de cientos de dioses…-¿Sólo un Dios?, ¿dónde puedo ver su imagen? O ¿cuál es su Nombre?- le pregunté asombrado.

-El es el Dios que ha creado todo lo que vemos, pero a Él nadie lo ha visto, no hay escultura que pueda representarlo, ni artífice lo suficientemente bueno para plasmar su gloria.

Tan sólo un hombre, Moisés, habló con Él como quien habla con un amigo, y por medio de este hombre es que el Eterno hizo esas grandes maravillas de las que has oído hablar, y a él le fue dada también la Ley Sagrada, que el Bendito nos mandó obedecer.- me respondió.

Yo notaba que se emocionaba al decirme estas palabras, tanto que se le ponían los vellos de punta. Y, acto seguido, paró un momento de dar tajos con el hacha, me miró y me dijo:

-Su Nombre es Yahweh.-

Algo ocurrió en mi interior al escuchar su Nombre, sonaba como una dulce melodía “..i..a..u..e..”, tuve que dejar el hacha también, y por un momento, sentí paz en mi interior. Es más, creo que fue el escuchar su Nombre en los labios de Eliam, el punto de inflexión en mi vida que ya no volvería a ser la misma.

Todos los días procuraba ponerme cerca suya, le preguntaba y preguntaba, y él me contaba en detalle la historia de Abraham, Isaac y Jacob los patriarcas, de las plagas de Egipto, de la peregrinación por el desierto, de los jueces Gedeón, Sansón… me quedaba boquiabierto, y Ahimelec, para mi sorpresa, también se acercaba y escuchaba nuestras conversaciones, y aunque se lo tomaba todo a broma, yo sabía que a él también le gustaba escucharlo.

Me llamaba tremendamente la atención que guardaran reposo el sábado y comentaran sobre la Torah –así es como llaman a la Ley del Bendito- ¡qué maravilla! Se notaba que era Ley de Dios. Eliam tenía un manto, blanco con algunas franjas azules, “el manto de oración”, lo llamaba, que se ponía ese día, el sabat, cuando leía u oraba a su Dios.
Decía que este manto le ayudaba a concentrarse, a desconectarse del mundo exterior y le ayudaba a entrar en comunión con el Eterno. En sus bordes tenía unos flecos que, me contaba, le recordaban los mandamientos del Creador.

Esta Ley que seguía Eliam, sí que era una Ley tremendamente justa, que le daba el primer lugar al Creador, pero que también mandaba cuidar y amar a las personas, e incluso a los animales y a las plantas. Amar al Creador sobre todas las cosas y con todas las fuerza, y amar al prójimo como a uno mismo, jamás había escuchado tales cosas.

Uno de esos sábados estaba hablando con Eliam, y él empezó a explicarme algo sobre un objeto al que llamaba el Arca Sagrada. Justo en ese momento Ahimelec nos interrumpió:

-¡Vamos Urías, aséate que nos vamos de fiesta, rápido, la vida es breve y el momento que se va ya no vuelve!- y tal como era mi costumbre, le hice caso. Me acicalé un poco y nos dirigimos hacia el centro de Tiro.

Sin embargo, algo había cambiado en mí, sentía como un fuego interior en mi pecho que no me dejaba respirar, y tras caminar un trecho le dije a mi amigo:
-Ahimelec, sigue sin mí, amigo mío, necesito saber más acerca de esta creencia y este Dios de los hebreos, ¡que te vaya bien!- Ahimelec se quedó desconcertado, intentó convencerme diciéndome que había tiempo para todo en la vida, pero, al ver mi determinación, me dejó ir, quejándose de mi testarudez.

-¡Cuéntame acerca de ese Arca!- exclamé al regresar a la posada y ver a Eliam. Éste se alegró, igualmente, de verme y dijo:

-Para nosotros es importantísima, pues Yahweh nos ha mostrado su poder a través de ella, en numerosas ocasiones. Se puede decir que el Arca es el trono del Eterno aquí en la tierra. Es muy hermosa, está cubierta de oro puro y contiene las tablas de la Ley, que el Bendito escribió con su dedo y entregó a Moisés en el desierto.-

-¿Tablas de piedra escritas por Dios? ¿Las has visto?- pregunté asombrado.

-¿Verlas? ¿estás loco?, el Arca de la Alianza es un objeto tremendamente sagrado. Mira, hace unas décadas fue capturada por los filisteos y en los siete meses que estuvo con ellos, les produjo tumores y desgracias, hasta tal punto que decidieron devolverla. Los israelitas que la recuperaron lo hicieron con gozo, pero cometieron el error de abrirla para mirar en su interior, ¡y murieron cincuenta mil setenta de ellos! Hay unas normas para trasladarla, sólo los Levitas pueden hacerlo… es algo largo de explicar- me respondió Eliam.

Era cuestión de tiempo, y un día que me contó una historia, que le había revelado el profeta Samuel, sobre una moabita, llamada Ruth, que dejó a su tierra y se unió al pueblo de Israel, llegando a ser muy apreciada por la comunidad hebrea, dije:

-Eliam, yo quiero ser como ella, quiero que tu pueblo sea mi pueblo y tu Dios, mi Dios, cuando te oigo hablar de la Torah, siento que el Creador habla a mi corazón.-

-Pues no se hable más, ven conmigo a mi casa y serás recibido como un miembro más de mi familia.- me respondió gozoso. Eliam tenía mujer y siete hijos, cuatro varones y tres hembras, que se habían quedado en Judá con su padre Ahitofel, hombre sabio en gran manera.

Junto con otros hebreos, había venido una temporada para levantar un poco la economía familiar, pero una vez cumplido su cometido, Eliam volvía a su tierra, y yo me iba con él.

-Ahimelec, amigo, me voy a la tierra de Israel, entenderé si no me acompañas, pero sé que has oído al igual que yo de la Ley de Yahweh, y de las maravillas que han sido hechas en medio de este pueblo. No sé muy bien que opinas al respecto, pero yo quiero ir allá.-

-Pues mira- respondió Ahimelec. -Como que estoy harto de tanta madera, y me he acostumbrado a tu compañía, así que ¿por qué no conocer una nueva tierra? Me voy contigo, además yo también quiero oír más acerca de ese Dios del que hablan.- aparte de lo que me dijo era verdad, sé de buena tinta, que se había metido en un lío de faldas de considerable envergadura, pues se había encaprichado de una joven de linaje noble, ya desposada, y la cosa no salió bien, hasta tal punto que incluso su vida podría correr peligro.

Y así fue como partimos con el grupo de Eliam hacia tierra de


CAPÍTULO 6.
JUDÁ


Durante el camino, Eliam nos informó de la historia reciente de Israel; hasta hace poco había estado gobernada por diversos jueces, que se levantaron en momentos difíciles para ellos y que actuaron como libertadores ayudados por el Creador, según nos decía.

No obstante, nos refirió con pena que, muchos hebreos, habían adoptado a los ídolos de las naciones vecinas y se habían apartado de la Torah y que cada cual hacía lo que bien le parecía. Pero, que nuevamente, había esperanza en la tierra de Israel, pues se había erigido un gran profeta, en medio de ellos: Samuel.

Éste hizo volver al pueblo a su Dios y destruyó las esculturas de los dioses ajenos, juzgó a la gente con justicia e Israel se sentía seguro y bajo el favor de Yahweh. No obstante, cuando ya era viejo, sus hijos, que en un principio estaban destinados a continuar su obra, no siguieron su camino, sino que se dejaron sobornar y se corrompieron delante del pueblo.

Entonces los israelitas buscaron a Samuel y le pidieron que nombrara un rey para ellos, para que pudieran equipararse a las demás naciones; un rey que los llevara a la guerra y les garantizase seguridad.

En un principio la idea no agradó al profeta, pues era el Eterno el único que verdaderamente podía guiar y proteger a Israel. Pero tras consultarle, accedió a nombrarles rey, advirtiéndoles de las cargas que les impondría.

El elegido fue el que gobernaba actualmente en Israel, Saúl, un hombre fuerte y alto, de la tribu de Benjamín, que en un principio parecía tener el favor de la gente, pero que últimamente tenía un comportamiento extraño, de hecho, parecía que no les agradaba demasiado.

Y efectivamente, así era, pues continuando en el camino, Eliam nos dijo que conocía personalmente a Samuel. Y que este le había revelado que el Eterno tenía preparado a otro mejor que Saúl para el trono de Israel, otra persona que él conocía, y fue en ese instante donde oí hablar por primera vez de David Ben Isaí (hijo de Isaí). No podía ni imaginar las aventuras que viviría bajo las órdenes de este hombre poco tiempo después de que Eliam nos hablara estas palabras.

-La primera vez que lo vi apenas era un muchacho- dijo Eliam refiriéndose a David. –Junto con otros hombres de mi ciudad, Gilo, me uní al ejército de Saúl para enfrentar a los filisteos que se habían preparado para la batalla en el valle de Elah. En mi grupo de cincuenta, había tres hermanos, hijos de Isaí, de Belén y yo tenía amistad con el mayor de ellos Eliab.

Llevábamos varios días acampados ejército frente a ejército, con el valle en medio. Y todas las jornadas, Goliat, un hombre de gran estatura, descendiente de gigantes, y de aspecto temible, nos retaba blasfemando en contra de nuestro Dios. Quería que algún israelita aceptara luchar contra él, un combate entre dos guerreros en vez de entre dos ejércitos. Pero nadie de nosotros se atrevía a aceptar dicho reto, pues su aspecto era temible en gran manera.

En esto llegó David, mandado por su padre, para proveer de víveres a sus hermanos, estos que estaban conmigo. Y se indignó al escuchar las arrogantes palabras del filisteo, dando a entender que él mismo se enfrentaría con él. Su hermano Eliab le increpó (bajo mi punto de vista injustamente. Me dio la sensación que le tenía un poco de envidia o celos), pero aun así David siguió en su empeño hasta que lo condujeron a la presencia del rey Saúl.

No sé que es lo que le diría al rey, pero el caso es que poco después lo vimos cruzando el valle al encuentro del filisteo, ¡y tan sólo llevaba una honda y un cayado como armas!

Todos estábamos expectantes, asombrados por el valor de este joven, aunque creo que ninguno apostábamos nada por él. Quizás por eso el grito de júbilo hizo temblar la tierra, cuando comprobamos que el certero lanzamiento de su honda, había tumbado al pertrechado y fornido gigante.

Realmente, vimos que el Eterno lo había llevado a la victoria, y contagiados por la euforia, atacamos y logramos vencer a nuestros enemigos de una forma aplastante.

A partir de ese momento, David se trasladó a palacio y sirve con honestidad y valentía al Rey. Con el paso del tiempo se ha casado con su hija Mical, y actualmente es jefe de mil (o, al menos, lo era cuando salimos para Tiro). Y cada vez que entra y sale en batalla, el Eterno le da la victoria. Ha hallado gracia en el pueblo y hasta las mujeres le dedican canciones.-


CAPÍTULO 7
UN SUEÑO ESPECIAL


Y así, entre historia e historia, íbamos andando el camino. Un día, antes de bajar al valle de Jezreel (por cierto, ahora entendía por qué se habían librado tantas batallas en él, era el escenario perfecto, un ruedo de combate), paramos en una aldea en una región montañosa, al norte de dicho valle.

Estábamos cansados, y no sé si sería a causa de todas estas historias, tuve un sueño, en ese lugar, que me impactó grandemente.

Soñé que me levantaba y miraba a mi alrededor. Todo era un puro desierto, entonces, vi a un ser alado, como los que según Eliam, decoraban el Arca, sembrar una semilla ante mí, exclamando:

-¡He aquí el Renuevo!- entonces vi brotar una planta de olivo, que creció rápidamente, y de sus raíces brotaban manantiales inagotables de agua. Bebí de ellas y sentí un bienestar que nunca antes había experimentado.

-En este lugar, aparentemente irrelevante, crecerá el que saciará a los sedientos con el agua de vida inagotable, y tú conocerás a alguno de sus ascendientes- me dijo el ser y al instante desperté.

Se lo conté a Eliam, pues nunca había tenido un sueño así, de hecho casi nunca me acuerdo de lo que sueño. Pensé que él no le daría importancia, sin embargo me dijo:

-No sé que es lo que significa tu sueño, pero es evidente que el Eterno te ha revelado que en este lugar crecerá alguien que será grande en Israel- y seguidamente adoró.

Seguimos nuestro camino, y paso a paso, por fin llegamos a conocer lo que sería…


sábado, 1 de junio de 2019

Urías heteo.Un relato novelado. Prólogo y capítulos 1 al 3.



PRÓLOGO


     Oía decir que poco antes de morir, ves tu vida pasar ante tus ojos, lo que te hace recordar, en breves instantes, los hechos que la han marcado. Hoy he podido comprobar que ese dicho es verdadero.

Tuve un mal presentimiento esta mañana, cuando mi general, Joab, me asignó un grupo de hombres distinto al que dirigía habitualmente y me mandó atacar a un grupo de soldados de élite amonitas, que habían salido de la ciudad de Rabá, sitiada por nosotros, para intentar abrir una vía de escape a nuestro asedio.

Me pareció imprudente la orden de que los siguiéramos hasta la misma puerta de entrada, bajo las almenas, por si podíamos abrir una brecha en la muralla, pues aún sus defensas eran fuertes. Además, no estaba muy cómodo con parte de mis nuevos acompañantes, conocía su comportamiento y sus desmanes con el vino y el juego. Pero, como siempre, me encomendé al Eterno y obedecí la orden sin rechistar.

Encontramos al grupo enemigo sobre el mediodía, y entablamos feroz combate al instante. Aunque sufrimos algunas bajas, en poco tiempo herimos a bastantes de nuestros enemigos y los hicimos retroceder hacia su muralla. Entonces, de una forma extraña, mis subordinados se apartaron de mí y fui blanco fácil para los certeros arqueros amonitas. Dos flechas atravesaron mi pecho, intenté mantenerme en pie, pero no pude, y lentamente, caí al suelo.

En ese instante, mis sentidos se agudizaron, el cielo estaba profundamente azul, el viento mecía las hojas de un solitario cedro cercano, y, junto a mí, había algunas de esas extrañas y hermosas flores negras que solo crecen aquí. Y fue entonces cuando pasó; empezaron a fluir recuerdos en mi mente y de una forma intensa reviví acontecimientos que tenía totalmente olvidados.



CAPÍTULO 1.
LA VIDA EN KARKEMISH


La primera imagen que visualicé fue el taller de mi padre en Karkemish. Antiguamente los hititas fuimos un gran imperio, pero tras la invasión de los crueles Pueblos del Mar y el atosigamiento de los asirios, solo quedan pequeños reinos aislados, de los que Karkemish es el principal.

Mi madre murió al poco de darme a luz y mi infancia la pasé ayudando a mi padre, Mursi, a trabajar el hierro en el taller. El trabajo no faltaba, hacíamos elementos decorativos, arreglábamos herramientas, útiles para el campo, armas… Mi padre no era un mal hombre, me trató bien, pero nunca se recuperó del todo de la pérdida de su esposa, a la que amó en gran manera, y de vez en cuando se refugiaba en la bebida.

El taller era su vida, aunque cada vez era más difícil salir adelante, según las leyes hititas hasta la mitad de una semana de trabajo había que dársela al señor del Palacio que dominaba en nuestra zona. También tengo una hermana mayor, Harinna, que es la que se ha encargado de las tareas domésticas desde muy joven, es muy trabajadora y siempre nos llevamos muy bien.

Pese a las dificultades y a su manera, mi padre me enseñó a conducirme honradamente en la vida, era un buen ciudadano. Los hititas tienen unos principios y unas leyes bastante justas en comparación con los de las naciones vecinas; los castigos no son muy severos, la mayoría de los asuntos se resuelven con compensaciones económicas, se intenta imponer cierta justicia y hasta se regula el trato con los esclavos -que son mejor tratados que en muchos sitios-, aunque, los pobres desdichados, sirven de moneda de cambio para arreglar muchos asuntos.

En ese tiempo me parecían unas buenas leyes en general, pues aún no había conocido la Ley del Bendito.

Cumplidos los dieciocho años, las cosas por Karkemish no iban muy bien, cada vez pagábamos más impuestos para sufragar los gastos militares causados por las continuas incursiones de los asirios. Y, lo que es peor, cada vez se requerían más levas para complementar al ejército, tal así, que un día llamaron a mi puerta…me tocó incorporarme a mí.



CAPÍTULO 2.
EN LA MILICIA


-Esto no es un juego, hijo mío, si quieres sobrevivir sé fuerte y no muestres piedad, pues si caes en manos de los asirios no la tendrán de ti. Sométete a tus mandos y no quieras destacar, sé valiente, rogaré a los dioses por ti- con estas palabras mi padre se despidió de mí, regalándome unas botas nuevas (los hititas usamos unas botas características, con las puntas dobladas hacia atrás para proteger nuestros dedos) en las que me ocultó una pequeña, pero pesada, daga de hierro muy afilada.

No pegué ojo en toda la noche. Tenía sentimientos encontrados: Por un lado sentía miedo, inseguridad, tenía mi vida hecha con mi padre, mi hermana y mis amigos. ¿Por qué tenían que arrancarme de ella? Para colmo se escuchaban constantemente noticias de los mozos que morían en batalla, por su falta de experiencia, y ya había asistido a varios de sus funerales. Jóvenes con los que jugué en mi infancia, que nunca volverían a ver el sol.

Por otro lado, me gustaba la idea de aprender a defenderme, a vestirme y conducirme como un soldado, imaginaba que así las chicas se fijarían más en mí y que podría vivir aventuras interesantes. Sin embargo, pronto comprobaría que dichas aventuras no eran, ni por asomo, de lo más gratificantes.

Mi paso por el ejército de Karkemish no fue de lo mejor que me ha pasado, ni mucho menos. Allí perdí mi inocencia, hice bastantes cosas que me avergüenza contar, sufrí peligros y calamidades… pero, tengo que decir, que saqué dos cosas buenas de mi paso por la milicia:

La primera es que encontré a un amigo, más que un amigo, un hermano, Ahimelec. Era oficial de la milicia del rey y el encargado de nuestro entrenamiento, era un joven alegre, ávido de aventuras, altivo, valiente y leal con sus hombres. Era fornido, aunque tenía una voz que no le acompañaba, pues era bastante aguda y hablaba con un tonillo que parecía estar cantando, y yo no lo podía evitar, al escucharlo debía esforzarme para no reír.

Recuerdo la primera vez que lo vi, fue a nuestra llegada al campamento, dio la orden de formar con todo el equipo y nos dijo “¡Con firmeza soldados! ¡Que nadie se mueva! ¡Ni siquiera aunque un hurón empezara a escarbar por la suela de sus botas y comenzara a morderles el dedo gordo del pie! ¡Defiendan con honor a su pueblo! Los hechos destacables de la milicia asiria se puede escribir en la tapadera de una olla, como las que vuestras madres utilizan para cocinar, pero la historia de la milicia hitita ¡necesita muchos cientos de tapaderas para poder contarla!”

Me costó cara la sonrisa que se me dibujó en el rostro al escucharlo, y pasé en formación todo ese día, sin comer como castigo. No empezamos con buen pie, pero luego, con el paso de los días, entablamos una buena amistad, a él le gustaba mi interés por hacer las cosas bien y a mí me gustaba escuchar sus historias. Básicamente, él hablaba y yo escuchaba y reía.

La segunda cosa que aprendí es que los dioses, pensaba entonces yo, tendrían algo preparado para mí, pues en dos ocasiones dos flechas no me alcanzaron por instantes, una vez por agachar la cabeza al ajustarme la espada al cinturón, y otra al detener mi paso y girarme cuando oí que un superior me llamaba. En ambos casos, sentí el aire de las saetas que casi rozaron mi piel… ahora creo, que esas dos flechas, me esperaban en un momento futuro.

En otra ocasión un veterano asirio de gran estatura –los hititas por lo general no somos altos, aunque sí fornidos, por el hábitat montañoso en el que nos movemos- arremetió contra mí, resistí varios de sus mandobles, gracias más a la fortaleza de mis brazos -curtidos con el martillo en el taller- que al poco entrenamiento recibido, pero aun así no podía contenerlo. Caí al suelo y justo cuando el asirio levantaba su espada para rematarme, ésta se le deslizó de entre las manos, alcanzando una gran altura, por un instante mi enemigo quedó desconcertado, momento que aproveché para lanzarle la daga de mi padre a la desesperada, casi al azar, siendo el caso que le alcanzó en el cuello, cortándole la yugular.

Y es que, en mi tierra, se adoraba a muchas divinidades, tanto es así que algunos la nombran como “la tierra de los mil dioses”. Demasiados, pensaba yo. En mi interior sentía que había algo superior a los hombres que guiaba nuestro destino, yo seguía al dios del trueno teshub, más que nada porque me impresionaban los rayos, pero lo seguía como una superstición. De todas formas, notaba que algo o alguien me guardaba y me estaba buscando.

Más tarde, ya en Israel, al hablar con un sacerdote, éste me diría que el extranjero que se convertía al Dios de los hebreos, antes de convertirse ya tenía una chispa de hebreo en su corazón, y pienso que tenía razón.




CAPÍTULO 3.
EN BUSCA DE AVENTURAS


Cuando terminó mi servicio, volví al taller de mi padre, pero yo ya no era el mismo. Mi amigo Ahimelec, me visitaba a menudo, siempre fue un poco rebelde y utópico, se quejaba de las diferencias que había en relación a la calidad de vida que tenían los nobles con respecto al pueblo llano. Veía cómo el ejército hitita iba perdiendo poder a marchas agigantadas y se ahogaba con los cada vez más atosigantes impuestos.

En muchas ocasiones me había dicho que necesitaba salir de Karkemish, cambiar de aires, de oficio, que había oído que cerca de Tiro y Sidón, había un bosque inagotable de cedros, que los leñadores allí estaban bien pagados y que, sobre todo, decía él, las jóvenes de la zona tenían fama de ser muy hermosas. Pero un día convirtió todos esos anhelos en realidad; vino a mi casa y me dijo que se iba y que se sentiría muy feliz si yo decidía acompañarlo.

No lo dudé, le dije inmediatamente que sí, pues la verdad es que yo me sentía igual, del mismo modo que le ocurría a él, en mi cabeza rondaba, a menudo, la idea de buscar nuevos horizontes. Además, hacía un tiempo que Harinna se había casado, y mi padre, finalmente, se decidió a tomar de nuevo esposa.

Se trataba de una viuda, bastante más joven que él. Y aunque era buena persona, yo no me sentía cómodo, pues era poco mayor que yo y, además, aunque no conocí a mi madre, no sé, aunque me alegraba por mi padre, la consideraba una extraña que venía a integrarse en un sitio que no le correspondía.

En fin, que acepté la oferta de Ahimelec. Tan sólo le pedí me diera un día para despedirme de mi padre y hermana –pues algo me decía que no volvería a verlos- a lo que él accedió.

Cuando se lo comenté a mi padre, noté en sus ojos una mezcla de tristeza y resignación, pero a la vez de comprensión y apoyo, pues era consciente que el futuro de los jóvenes en Karkemish, no era muy prometedor. Nos abrazamos y organizamos una gran despedida “a su forma”; llamamos a Harinna y mi cuñado, comimos, reímos y bebimos mucho vino esa noche, contando más y más historias y recuerdos de nuestra infancia y vida en común.

Llegó la hora de despedirse, Harinna, mi padre y yo, nos fundimos en un gran abrazo, entre lágrimas. Mi padre, me dio algo de plata y provisiones para el camino, pese a mis reticencias y, cuando aún no había amanecido, Ahimelec y yo partimos a escondidas pues él pasaba a ser un desertor.

Durante días caminábamos de noche y dormíamos de día. Transitábamos por parajes no habitados muy precavidamente, hasta que salimos de los términos del reino.

Cuando se nos acabaron las provisiones recurrimos a la caza, ahí fue realmente donde aprendí a disparar el arco, Ahimelec tenía mucha puntería y me enseñaba, y poco a poco fui adquiriendo destreza, sobre todo, porque si no acertaba, era probable, que no comiera ese día.

Y así tras muchos días de viaje, llegamos al destino fijado por Ahimelec, la espectacular ciudad de…



miércoles, 1 de mayo de 2019

RAÍCES HEBREAS (Parte 3)

    ¿Qué hacemos con estos gentiles que han creído? Esta fue la gran pregunta en el Siglo I. Conforme al sermón de Pedro registrado en Hechos 3, los creyentes confiaban en un pronto regreso del Mesías "...arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado". Si el pueblo elegido se hubiera arrepentido, el Mesías hubiera regresado inmediatamente, pero no fue así ya que en su gran mayoría no reconocieron a Yeshúa, aunque varios miles sí que creyeron.




    Los apóstoles y primeros discípulos, como judíos, seguían reuniéndose en sinagogas y asistiendo al templo, donde daban testimonio a sus conciudadanos de que Yeshúa era el Mesías que tanto tiempo habían esperado.

    Sin embargo, el Maestro había ordenado que le fueran testigos, no solo en Judea, sino hasta lo último de la tierra, y tras el hostigamiento por parte de las autoridades religiosas judías, que produjo la muerte de Esteban, muchos discípulos fueron esparcidos. 



     Allá donde iban, seguían dando testimonio de la fe que ardía en sus corazones. Pero hay que aclarar que seguían reuniéndose en sinagogas, donde eran reconocidos como "nazarenos". Es decir, Yeshúa no fundó una nueva religión, no cambió las sinagogas por unos nuevos edificios llamados iglesias, por supuesto no cambió el día de reposo o de reunión, El vivió como judío observante toda su vida. Y los primeros miles de creyentes, como judíos que eran, siguieron viviendo conforme a las costumbres de su pueblo, pero con el gozo de haber reconocido y creído en el Mesías. En este sentido, no había "cristianos" propiamente dichos, en los primeros años que siguieron a la muerte y resurrección del Salvador.

    Por eso cuando Pablo asolaba a los creyentes, no iba a edificios llamados iglesias, iba a las sinagogas buscando a estos nazarenos que tanta aversión habían causado a los principales sacerdotes (Hechos 9:1-2).

    Y, entonces ¿cómo comenzaron a convertirse los gentiles? Pues, hay que decir que en el Siglo I, ya había numerosas comunidades israelitas en la diáspora. Por todas partes del imperio romano se encontraban sinagogas, a las que se acercaban muchos no judíos , atraídos por esta religión contraria a las imágenes y a los numerosos dioses de las demás, que causaba además, un comportamiento ético y moral más elevado entre sus feligreses. 

     De estos gentiles que se acercaban a las sinagogas, algunos se convertían al judaísmo, eran los llamados prosélitos. Sin embargo, el requisito de la circuncisión echaba para atrás a la mayoría (de los varones, pues a las mujeres se les exigían unos requisitos mucho más llevaderos) los cuales asistían como "oyentes" se puede decir, disfrutaban de la lectura de la Torah, los Salmos y los Profetas, y seguían algunas observancias, pero no daban el paso para formar parte como miembros de pleno derecho de la congregación, eran los llamados "temerosos de Dios" -Cornelio era uno de ellos -Hechos cap. 10-.

     Estos fueron los primeros creyentes gentiles que se fueron convirtiendo al Mesías, cuando escucharon hablar a estos nazarenos en las sinagogas. Y, especialmente, cuando Pablo, una vez convertido y encomendado por el Creador a proclamar el evangelio a los no judíos, empezó a explicarles que no era necesario que se circuncidaran para pasar a formar parte del Israel de Dios, empezaron a creer por cientos y más tarde por miles. 

      Podemos ver un ejemplo de esto en Hechos 13:16: "...Entonces Pablo, levantándose, hecha señal de silencio con la mano, dijo. Varones israelitas, y LOS QUE TEMÉIS A DIOS, oíd..." Pablo y Bernabé, al igual que hacía Yeshúa, acudían cada sabath a la sinagoga y allí empezaban a predicar, tanto a los judíos como a estos gentiles que eran llamados temerosos de Dios.

     El hecho de que tantos de estos gentiles se convirtieran, provocó gran sorpresa entre los discípulos, produciéndose un conflicto, pues muchos de los fariseos que habían creído, proclamaban que era necesario que estos creyentes gentiles fueran circuncidados y aleccionados con el fin de que guardasen toda la ley de Moisés, para que pudieran ser salvos (Hechos 15:1). Esto era un gran disparate, pues ¿donde quedaban entonces los méritos del Mesías?

      Hay que aclarar que en los años en que los discípulos eran solo judíos, no había este problema, pues todos seguían la Torah, pero bajo las enseñanzas y en la libertad de Yeshúa, quien proclamó que "mi yugo es fácil y ligera mi carga".

      Pero claro, los fariseos que se habían convertido traían "la mochila" de haber estado "bajo la ley", esta expresión que usa muchas veces en sus escritos el apóstol Pablo, hace referencia a ese agobiante sistema religioso legalista que incluía los preceptos de la ley oral, que ya mencionamos en la entrada anterior.

     Y es a este sistema al que Pedro se refiere cuando dice en Hechos 15:10 y 11 "...Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos."

    Fue esta polémica entre los que querían judaizar a los gentiles, por un lado, y Pablo y Bernabé por otro, la que dio lugar al concilio de Jerusalén, que viene registrado en Hechos cap. 15.

     Vemos aquí un ejemplo de lo que debe de ser una asamblea, con un funcionamiento "democrático", en el que los apóstoles, los ancianos, los fariseos que habían creído y Pablo y Bernabé, expusieron sus razones y motivos.

     Entonces Jacobo, quien era el que presidía y regulaba la reunión, proclamó la conclusión del debate que tuvieron: (Hechos 15:19-21)

"....Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios, sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre. Porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo."

    Jacobo lo que hizo, fue aplicar las normas, que ya venían establecidas en Levítico sobre los extranjeros que moraban en Israel, a los nuevos creyentes entre los gentiles. 

     A partir de aquí, encontramos en Hechos dos "denominaciones" por decirlo así, las únicas bíblicamente defendibles: la de los judíos que creían en Yeshúa, que seguían en las costumbres y los preceptos que el Eterno había ordenado a su pueblo, y la de los gentiles que estaban exentos de ellas, salvo estas normas básicas, que invitaban a apartarse de todo lo que tuviera que ver con la idolatría, la inmoralidad sexual y a comer animales con su sangre. Pero ambos grupos tenían el fundamento en la salvación por la gracia y en los méritos del Mesías.

      ¿Significa esto que ya los gentiles no debían obedecer otros preceptos, como honrar a los padres, no robar, no mentir...? ¡claro que no!, por eso dice que cada sabath la Torah era predicada. Ya, poco a poco, los creyentes gentiles irían conociendo de todos esos preceptos maravillosos.

       Esta era la solución perfecta, siendo la asamblea de Jerusalén la que guiaba, por decirlo así, a las congregaciones gentiles. Lo que ocurrió es que,  después del concilio, primeramente, siguieron existiendo grupos que buscaban judaizar a los gentiles, y después, con el paso del tiempo, fueron los gentiles los que quisieron borrar toda influencia o raíz hebrea de sus congregaciones, lo que, poco a poco, dio lugar al tremendo sincretismo con el paganismo que entró de lleno en las iglesias. 

      Y, aunque la reforma se sacudió bastante de ese sincretismo, aún quedan en las iglesias evangélicas muchas tradiciones y doctrinas que no se ajustan fielmente a la verdad del relato bíblico, de las cuales fui consciente una vez que me introduje en las raíces hebreas de mi fe. De esto, básicamente, tratan las entradas de este humilde blog.

viernes, 1 de marzo de 2019

RAÍCES HEBREAS (Parte 2)



LEY vs GRACIA?






     Amazing Grace, es una de mis canciones favoritas, refleja como pocas ese favor inmerecido que el Creador nos ofrece de una manera sublime. Unos de mis textos bíblicos preferidos es el que narra como, en el momento más oscuro, el ladrón crucificado al lado del Maestro, le dice: "Acuérdate de mí, cuando vengas en tu reino", a lo que Yeshúa responde "de cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso". ¿Hay algún ejemplo más fuerte de la gracia, de la misericordia que ese hombre recibió en el último momento de su vida? No es mi objetivo en este artículo quitarle ni un ápice de valor a esa gracia divina. Pero sí quiero explicaros los distintos matices que podemos encontrar al acercarnos a este tema, desde una perspectiva occidental bajo influencia griega o desde una visión hebrea.


     Muchos cristianos piensan algo parecido a lo siguiente: Antes de que viniera Jesús, Dios había impuesto una serie de normas difíciles de cumplir, un legalismo que imponía un fuerte yugo sobre los lomos de los hombres, porque el Creador es perfecto y santo y exigía un comportamieno digno por medio de ciertas leyes y ceremonias. Pero, gracias a la obra de Jesús en la cruz, ahora ya no estamos bajo ese yugo, sino que tenemos libertad en Yeshúa. Así pues, la Ley y la Gracia, se puede decir, que bajo este punto de vista cristiano, se encontrarían enfrentadas.



    Sin embargo, bajo una perspectiva hebrea, la Torah (enseñanza, instrucción) del Eterno y su gracia no se enfrentan, sino que van unidas. El Creador no cambia (Malaquías 3;6), y ha mostrado su gracia desde el principio, de hecho la primera vez que aparece esa palabra en las Escrituras es en Génesis cap. 6:

     "Y dijo YHVH  <<Borraré de la faz de la tierra al hombre que he creado, lo mismo que a las bestias, los reptiles y las aves del cielo. ¡Me pesa haberlos hecho!>>

       Pero Noé halló GRACIA a los ojos del Señor.

       Noé era un hombre justo. En sus acciones fue perfecto, pues siempre anduvo con Dios..."

       Como vemos en el texto,  aquel que halló Gracia andaba conforme a la voluntad del Eterno, lo mismo podemos hablar de Daniel, Job, Abraham... la Gracia y la obediencia a los mandatos de Elohim iban unidas.

     Ya en el Tanaj (Antiguo Testamento), se manifiesta la incapacidad del hombre de agradar a Dios por sí mismo, por sus propias fuerzas, y es que hay una verdad terrible en las Escrituras -como le escuché decir al predicador Paul Washer, esa verdad terrible es que Dios es bueno y Santo y nosotros no lo somos, porque como dice Isaías 64:6

"Todos nosotros somos como cosa impura, y todas nuestras obras justas son como trapos de inmundicia. Todos nosotros nos hemos marchitado como hojas, y nuestras iniquidades nos han llevado como el viento."

    Por eso es válida esta definición de Gracia, como el favor inmerecido del Creador hacia los hombres, de hecho, siempre ha sido así. Los hombres que se han salvado, desde siempre, lo han sido por la gracia del Eterno. Pero desde el punto de vista hebreo hay otra definición que complementa a la enunciada y es, "la gracia es el empoderamiento que el Eterno da a los hombres para que puedan andar en sus mandamientos." (Se la escuché al conferenciante mesiánico Michael Rood y me encantó).

     Pero entonces, ¿qué pasa con los escritos del apóstol Pablo, que parecen indicar que la Ley fue abolida? ¿hay contradicción con lo que dijo Yeshúa "no penséis que he venido a abrogar la Ley..."? A quién creemos a Yeshúa o a Pablo, ¿o será que ambos decían lo mismo?

    Tras años de estudio, he podido comprobar que los textos que parecen sugerir un menosprecio a la Torah, como algo antiguo, esclavizante o, incluso de maldición -lo cual es un auténtico disparate- para algunos, son producto de malas traducciones o de malas interpretaciones por parte de la teología occidental, debido a diversos factores:

     Para empezar, traducir la palabra "Torah", que ya hemos visto que significa enseñanza o instrucción, por la palabra Ley, que ya denota sanciones, legalismo, tribunales... implica para el lector un primer rechazo al oirla. Después, desde finales del Siglo I, se fue introduciendo antisemitismo en la iglesia primitiva, favorecido por el desprecio del imperio romano hacia todo lo que tuviera que ver con la cultura judía, tras las revueltas y guerras judeo-romanas. En este vídeo explico algo de esto https://www.youtube.com/watch?v=SqKIfbSVDnA&t=406s
   
     Además de lo anterior, el desconocimiento de la cultura judía y de la llamada torah oral, hace que se confunda cuando Pablo ataca a esta última, como si lo hiciera contra la Torah bíblica. Y, por último se puede observar como Pablo ataca la observancia legalista de la Torah, al igual que hacía Yeshúa, en el sentido de que es preciso conocer el espíritu con el que la Torah, fue dada antes que la literalidad de la letra, en situaciones en que la justicia, la misericordia, la fidelidad y el amor al prójimo, se sitúan por delante de otros preceptos en determinadas circunstancias.

     Seguidamente, paso a exponer algunos ejemplos de todo esto que he dicho:

    Se suele traducir Juan 1:17 de la siguiente forma: " pues la ley por medio de Moisés fue dada, PERO la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.", sin embargo, ese "pero" no viene en los originales, la Biblia textual dice: "pues la Ley por medio de Moisés fue dada, la gracia y la verdad FUERON HECHAS por medio de Jesucristo".

     Es decir, no es que no hubiera gracia ni verdad, hasta que viniera el Mesías, sino que este es la máxima expresión de la gracia y la verdad del Creador hacia nosotros, la culminación del plan de salvación. "Fue Hecha", Yeshúa es la personificación de la gracia, por decirlo así, y la finalidad de la Ley era, en su parte más importante, anunciar y preparar su venida.

     Esto va en concordancia con otro de los versículos malinterpretados, se trata de Romanos 10:4 que dice "porque el fin de la Ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree". Se suele usar, de la misma forma, este texto para declarar que Cristo puso fin a la Ley -lo cual iría contra sus propias palabras como hemos dicho-, sin embargo la interpretación conforme a las Escrituras, sería: "porque la FINALIDAD de la Ley es Cristo...", es decir el propósito final de la Torah es llevarnos a El.

     Otro de los textos que se suelen utilizar para indicar que la Ley fue abolida, es Efesios 2:14-15, que dice:

    "Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz."



      Aquí Pablo, declara que la ley que fue abolida, fue esa ley oral expresada en ordenanzas que hacía referencia a las normas que tenían que guardar los gentiles en el templo de Jerusalén, que solo tenían acceso a un lugar determinado. Nada de eso figura en el Tanaj (Las Escrituras Hebreas, lo que se suele llamar en la iglesia gentil el Antiguo Testamento). Pablo hace lo mismo que Yeshúa, ataca a la torah oral, a las tradiciones de hombres, nunca a la Torah del Padre, a la cual intentaba servir con toda su mente, como dice Romanos 7:25.

    "Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que yo mismo, por un lado, con la mente sirvo a la ley de Dios, pero por el otro, con la carne a la ley del pecado."

    Hay bastantes más ejemplos, pues como dijo el apóstol Pedro, alguno de los escritos de Pablo son difíciles de entender, y es que Pablo habló a veces de la Ley escrita, otras de la ley oral, otras de la ley del pecado y otras de las leyes de los gobernantes, por lo que es preciso pedir sabiduría al Eterno para poder discernir bien lo que quiso decir, pero siempre teniendo presente que el mismo Pablo que condenaba a quienes querían que los gentiles se circuncidaran y guardaran toda la Ley, realizaba votos conforme a la Torah, programaba los viajes teniendo en cuenta la Fiestas en ella recogidas, e incluso acudió al templo donde ofreció sacrificios de purificación -aunque te parezca extraño así fue y viene recogido en Hechos 21:26-.

     Por todas estas cosas es preciso conocer de las Raíces Hebreas. La salvación es por fe y por gracia, siempre ha sido así. Pero la palabra fe en hebreo "emunah", tiene un significado más extenso que en castellano, no solo es una fe o creencia intelectual, sino que también significa confianza y FIDELIDAD, es decir es una fe activa, es lo que quería decir Jacobo (Santiago) y Lutero no llegaba a entender y de ahí esa definición de gracia, no solo como el favor inmerecido que el Eterno nos otorga por medio del sacrificio de su Hijo, sino también la capacidad que nos da para poder vivir en sus mandamientos.

     Entonces ¿cuál es la actitud que debemos tener, nosotros los gentiles ante la Torah? Pues la respuesta en la próxima entrega. Que el Eterno os bendiga.
     

domingo, 27 de enero de 2019

RAÍCES HEBREAS, ¡QUÉDATE CON LO BUENO! (Parte 1)

     ¡Quédate con lo bueno! que es mucho. Si no has escuchado a hablar de "Raíces Hebreas" lo harás en breve. No se trata de una denominación nueva, es más bien un movimiento que se está dando por todas partes, que busca deshacerse de la influencia pagana y filosófica que se introdujo en el cristianismo, fundamentalmente desde que Constantino declarara a éste como religión oficial del imperio romano allá por el Siglo IV -aunque ya desde principios del segundo siglo, se fueron introduciendo estas desviaciones sincretistas en la iglesia primitiva- y volver a mirar a Las Escrituras desde una visión hebrea.

     En estas entradas quiero contar mi experiencia al conocer este tema, pues tengo que decir, que el estudio desde una perspectiva hebrea, ha causado un antes y un después en mi vida espiritual y en mi comprensión de Las Escrituras, hasta el punto que aunque no me importe denominarme "cristiano evangélico" pues me congrego en una iglesia, prefiero hacerlo como "un seguidor del Mesías" o "Mesiánico". He aprendido mucho de judíos mesiánicos, no judaizantes, que han compartido sus enseñanzas en la red.

     Pero, al igual que pasaba en el Siglo I, hay grupos y congregaciones de raíces hebreas que pueden considerarse, en mi opinión, judaizantes; por un lado están los que se acercan tanto al judaísmo rabínico que tienden a menospreciar la preexistencia o la naturaleza divina del Mesías, por otro lado encontramos la muy extendida doctrina de "las dos casas" o el "Efrainismo", que viene a decir que no existe una iglesia gentil, sino que los creyentes entre las naciones descendemos de alguna de las diez tribus perdidas de Israel. Más adelante, explicaré por qué no me parece una doctrina con fundamento bíblico (aunque tengo que decir que he aprendido bastante de maestros de estas congregaciones en otros muchos asuntos). Por ello aconsejo, antes de ponerse a escuchar a unos y a otros, estudiar personalmente y profundamente la Biblia para hacer como aquellos de Berea y poder discernir y verificar la verdad conforme a la Palabra del Eterno.

     Ahora quiero centrarme en las enseñanzas que han cambiado mi percepción de las Escrituras en distintos temas y que me han edificado grandemente.


1.-LA LEY


     Hasta hace pocos años, yo seleccionaba unos mandamientos de la Torah sobre otros, porque así se me había enseñado: diezmo sí, día de reposo en sábado, no. Prohibición de comer ciertos alimentos no, prohibición de hacer tatuajes en la piel, sí... y así sucesivamente. Pues había asumido que la Ley había sido abolida, por la obra del Mesías.

     Pero en verdad, Yeshúa (así es como lo llamaban en arameo, su nombre significa YHVH salva) nació y vivió como judío y nunca pretendió cambiar eso. El entendía la Torah (lo que llamamos la Ley, aunque su mejor traducción sería "Instrucción") como la máxima expresión de su Padre, para declarar al ser humano como debe de conducirse sobre la tierra. Por eso dijo:

     Mateo 5:17-20

"No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas, no he venido para abrogar, sino para cumplir.

    Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.

    De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos.

     Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos."

      Así pues, El guardó todos los mandamientos de su Padre (si no lo hubiera hecho, hubiera sido descalificado como el Mesías), el Sabath, las festividades bíblicas, la alimentación... cada día de reposo enseñaba en las sinagogas tal y como era su costumbre (Lucas 4:16)


     Entonces ¿por qué ese continuo enfrentamiento con los escribas y fariseos acerca de las costumbres judías? La respuesta tiene dos vertientes y es necesario conocer un poco de la cultura judía para entenderla.

     Por un lado, podemos ver el posicionamiento de Yeshúa contra la llamada torah o ley oral. Según la tradición judía, Moisés habría recibido dos leyes o instrucciones; una escrita (los cinco primeros libros de la Biblia) y otra oral, que desarrollaría a la primera y que debería de ser transmitida de generación en generación de esa forma, oralmente. Esta tradición fue finalmente recopilada en dos libros a finales del Siglo II o principios del III (la Misnah y el Talmud).

     Estas normas eran las que "ataban pesadas cargas y difíciles de llevar sobre los lomos de los hombres" (Mateo 23:4) y el Salvador explicó que la Torah del Creador, la escrita por medio de Moisés, era la única verdadera. El desarrolló el auténtico espíritu de la Torah, indicando que no es para nada gravosa "porque mi yugo es fácil y ligera mi carga" (Mateo 11:30). Para ilustrar este tema os relato algunos ejemplos de estos debates de Yeshúa, contra los defensores de esta torha oral.

     "Entonces se acercaron a Jesús ciertos escribas y fariseos de Jerusalén, diciendo: ¿Por qué tus discípulos QUEBRANTAN LA TRADICIÓN DE LOS ANCIANOS? Porque no se lavan las manos cuando comen pan. Respondiendo él, les dijo: ¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente. Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pueda ayudarte, ya no ha de honrar a su padre o a su madre. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo:

     Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres." Mateo 15:1-9)

     Vemos como estas tradiciones afectaban, incluso, a preceptos incluidos en los diez mandamientos, como era el de honrar a los padres.

     Sobre el lavado de las manos, los fariseos habían desarrollado toda una normativa; que si primero una mano, que si después la otra... ya el Maestro, desde el principio de su ministerio, indicó que estaba en contra de estas normas impuestas, pues si os fijáis, en el milagro de las bodas de Caná, la conversión del agua en vino se produjo en el interior de unas tinajas que estaban destinadas a esos rituales de purificación, y sabemos que el Mesías tenía un propósito en todo lo que hacía.

     "Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros." (Juan 2:6)


       Otro ejemplo de este enfrentamiento del Mesías con la ley oral es este:

     "Oísteis que FUE DICHO: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.

     Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen."

     Esto de "fue dicho" se refiere también a la torah oral, pues no encontramos ese precepto en la Torah escrita, y aquí el Mesías explica lo que es la voluntad de su Padre, en contraposición a ese mandamiento oral de aborrecer al enemigo.

     Junto a esta controversia con la ley oral, el Maestro vino a explicar el verdadero espíritu de la Torah, la cual fue dada para que los hombres "vivieran por ella", como dice Éxodo 30:16

     "porque yo te mando hoy que ames a Jehová tu Dios, que andes en sus caminos, y guardes sus mandamientos, sus estatutos y sus decretos, PARA QUE VIVAS y seas multiplicado, y Jehová tu Dios te bendiga en la tierra a la cual entras para tomar posesión de ella."

     Yeshúa dijo que los preceptos más importantes de la Torah eran la justicia, la misericordia y la fidelidad:

     "Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y habéis descuidado los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad; y éstas son las cosas que debíais haber hecho, sin descuidad aquéllas. (Mateo 23:23)

      Qué significa esto, pues que ante un aparente conflicto entre dos mandamientos, prevalecen los que dan vida, misericordia, justicia y fidelidad. El Mesías enseñó esto en numerosas ocasiones.

     Por ejemplo, la observancia del Sabath es muy relevante en la Torah, tal es así que aparece en los diez mandamientos, y el Maestro lo guardaba fielmente, pero si tenía que sanar a alguien en ese día lo hacía; ¿por qué? pues porque -aparte de que El es el Señor del Sabath- el precepto de dar vida y de tener misericordia sobre el prójimo estaba por encima del reposo en ese momento.


    El Maestro obedecía la instrucción de su Padre de no tocar nada "inmundo" o "impuro", pero si tenía que tocar a un leproso para sanarlo, por supuesto, lo hacía porque el objetivo de "dar vida" a esa persona estaba por encima de las leyes de purificación. Sin embargo, enseguida mandaba al leproso a mostrarse a los sacerdotes tal y como ordenaba la Torah.

     En definitiva, El explicó que todo el sentido y el espíritu de la Torah, se podía condensar en este texto:

Mateo 22:36-40

"Maestro ¿cuál es el gran mandamiento de la Ley?

    Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.

    Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas."

     En la próxima entrega si el Creador lo permite, veremos como todo que he expuesto concuerda plenamente con el evangelio de la Gracia del Eterno hacia nosotros por medio de la muerte de su Hijo.