lunes, 10 de junio de 2019

Urias heteo. Un relato novelado. Capítulos 8 al 10

CAPÍTULO 8.
LA VIDA EN GILO


La mayor parte de la ciudad estaba formada por casas de un solo cuarto, hechas de adobe, con un pequeño patio delantero. Así viven la mayoría de los jornaleros.

Luego había un grupo de casas hechas de piedras ásperas, muy abundantes en la región, que tenían dos o tres departamentos alrededor de un patio interior, éstas están habitadas por los que son algo más pudientes económicamente, bien porque posean una mejor heredad, ganado, o porque sean artesanos cualificados, como era el caso de la familia de Eliam que se dedicaba a la construcción de casas.

Cuando llegamos, nos recibieron muy afectuosamente y nos trataron muy bien, más adelante aprendí, que también la Torah mandaba ser hospitalarios con los extranjeros, en memoria del tiempo que Israel fue extranjera en Egipto.

Ahitofel, el padre de Eliam, preparó un par de corderos, panes de higos y miel de dátil de las palmeras de Jericó, buenísima, que había adquirido para la ocasión. Y es que la tierra de Israel me pareció realmente hermosa y con gran variedad de paisajes y climas. Ya Eliam me había hablado de ella y de las “siete especies” que el Eterno anunció a los hijos de Israel, que hallarían en esta tierra:

Porque Yahweh tu Dios te introduce en la buena tierra, tierra de arroyos, de aguas, de fuentes y de manantiales, que brotan en vegas y montes; tierra de trigo y cebada, de vides, higueras y granados; tierra de olivos, de aceite y de miel; tierra en la cual no comerás el pan con escasez, ni te faltará nada en ella…” este pasaje, me lo relataba Eliam de memoria, pues le encantaba meditar y memorizar los textos de la ley.

-Pero esta bella tierra depende del Eterno, para producir toda esta riqueza- me decía Eliam –cuando nuestros antepasados estaban en Egipto, las cosechas estaban garantizadas por el Nilo, puesto que hacíamos surcos en sus riveras y siempre teníamos trigo y productos de regadío, sin embargo allí sus almas estaban afligidas a causa de la opresión.

Por otro lado, aquí somos libres, pero nuestras cosechas dependen de la voluntad del Eterno en proveernos de las lluvias tempranas en la siembra, y de las tardías poco antes de las cosechas. Nuestro Adonai, nos prometió que si anduviésemos en sus caminos, obedeciendo sus mandatos, nunca nos faltarían dichas lluvias- continuó explicándome.

-Qué interesante me parece todo esto Eliam- comenté – empiezo a verle la lógica; el Creador se deleita en la obediencia de su pueblo y promete bendiciones a raudales, cuando la recibe- declaré.

-Exactamente, Urías, así es, aquí dependemos totalmente de Él, el ha puesto delante de nosotros la bendición o la maldición, y debemos escoger- me confirmó.

Tampoco faltaba el buen vino, en esta tierra, y Ahimelec y yo nos quedamos asombrados del ambiente familiar tan bueno y agradable. Unos muchachos tocaban una especie de arpa pequeña y las jóvenes hijas de Eliam danzaban con alegría.

Betsabé, la de edad más temprana, tenía un arte especial para la danza. Aunque en ese momento ni se me pasaba por la cabeza, fue la primera vez que vi a la que, algunos años después, sería mi amada esposa.

La casa era más bella por dentro que por fuera, tenía tres departamentos, alrededor de un gran patio interior. En el centro del cual había una enorme higuera, muy copada, y junto a ella varias vides guiadas hacia un enramado hecho de cañas. Y en la parte superior había un aposento alto, en el cual nos alojaron.

Vivían unas veinticinco personas, abuelos, tíos, primos, en comunidad. Los padres dirigían el trabajo y se dedicaban además a enseñar los principios fundamentales de la Torah, a sus hijos, pues se consideraban verdaderos israelitas, según decían. En las puertas de las casas tenían textos escritos y los niños repetían todos los días:

Shemá Israel (Oye, Israel): Yahweh nuestro Dios Yahweh uno es. Y amarás a Yahweh tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.”


Las mujeres, se encargaban de las tareas domésticas trabajando duramente, permanecían sujetas a sus maridos pero era muy bien tratadas por éstos, que las respetaban. Además, al contrario de lo que pasaba en muchos sitios, éstas podían poseer propiedades, podían comprar y vender e incluso podían formalizar contratos legales. También cuando la comunidad se hallaba en dificultades por situaciones económicas o de otra índole, se ponían codo con codo con los hombres para tratar de salir de ellas.

Pronto nos acostumbramos a vivir como ellos, trabajando duramente, construíamos casas, graneros, cercados, cavábamos cisternas, un poco de todo, y todo bastante duro…

A veces Ahimelec me decía en tono de broma:

-Anda que sí sé lo que me esperaba te iba a seguir hasta aquí... como me has engañado, je,je- hablaba mientras se secaba el sudor de la frente.

Pero, como digo, nuestra adaptación iba a buen ritmo, nos absteníamos de algunos alimentos considerados impuros por los hebreos y guardábamos el sábado como día de reposo. Definitivamente, ¡queríamos ser israelitas!

Los sábados me sentaba con Ahitofel y Eliam debajo de la higuera o de la parra y escuchaba y aprendía acerca de los mandatos del Eterno. Ahitofel me decía que no era necesario que me convirtiera en hebreo, que los extranjeros también podíamos lograr el favor de Yahweh, siguiendo lo que él llamaba las leyes de Noé.

Éstas, básicamente consistían en unas normas básicas de comportamiento, no robar ni asesinar, ser justo, huír de idolatrías, y por encima de todo reconocer que hay un solo Dios, que merece respeto y reverencia.

Pero, yo tenía mucha sed de la Ley de Yahweh y quería pertenecer a su pueblo, no me quería limitar a esas normas esenciales, porque me deleitaba al escuchar su Ley, y sentía como si mi interior, mis entrañas se regocijaran al oír su sabiduría.

-¡Entonces debes circuncidarte! Ahora veremos si de verdad quieres ser hebreo- me dijo Ahitofel. Ya había escuchado sobre el tema, y, aunque me preocupaba no lo dudé. –¡Pues vamos a ello!- exclamé intentando no mostrar mi temor.

Enseguida nos dirigimos a casa de unos levitas descendientes de Aarón, que habitaban en la ciudad. Uno de ellos me circuncidó y pasé tres días sin poder apenas moverme, pues esto es algo que se suele hacer a los bebés, cuando cumplen ocho días de nacer, pero de mayor, las primeras jornadas, hasta que cicatriza la herida, se pasan bastante mal.

No obstante, me sentía muy contento de haberlo hecho. Tras lo cual fui unido por fin al pueblo del Eterno. Al mes siguiente también mi amigo Ahimelec se circuncidó.

Yo pienso que de verdad el también creyó, aunque creo que Sara, la bella gilolita que por fin se había hecho dueña de su corazón, influyó bastante, pues ya no estábamos en Tiro y se había fijado en una virgen de Israel. Y aquí se tiene en muy alta estima la virginidad de las jóvenes, incluso hay un texto en la Torah, en el que se establecen sanciones para aquél que difame falsamente a una joven de Israel, dañando su reputación.

Así que, al poco tiempo se desposó con Sara. Quién me lo iba a decir, Ahimelec al que le encantaba “ir revoloteando de flor en flor”, ahora se comportaba como el más fiel de los prometidos. Por cierto, tuve que dejarle parte de mis ahorros para que pudiera ofrecer algo de dote, ya que él había despilfarrado, totalmente, las ganancias que obtuvimos en Tiro, es que… estos vividores siempre salen ganando.

Fue un buen tiempo el que pasamos en Gilo, no teníamos la opresión de Karkemish, tampoco el jolgorio descontrolado de Tiro, pero vivíamos en paz, integrándonos en el grupo familiar.

Aunque esto no nos duró mucho. Un día llegaron unas nuevas que no cayeron nada bien, en el seno de nuestra comunidad:



CAPÍTULO 9.
TRAS DAVID


David, el que había de ser rey según nos decía Eliam, el oficial más querido del ejército de Saúl, se había convertido en un fugitivo de éste, al que perseguía de manera implacable.

David era muy querido por el pueblo, y aunque Saúl lo buscaba sin descanso, muchos de los que lo habían visto en su huida no lo delataban, pues recordaban cuán grandes victorias el Eterno le había concedido, cuando salía con el ejército.

Un día, un amigo de Eliam le comentó que se había visto a David por la zona de Adulam y que muchos se estaban uniendo a él. Eliam no lo dudó, cogió sus armas, provisiones, puso en orden su casa y se encaminó a buscar a David. Ahimelec y yo marchamos con él.

La región de Adulam estaba como a un día de camino dirección suroeste de donde nos situábamos. Es una zona en la que abundan las cuevas, y en una de ellas, de difícil acceso, encontramos a David.

Sus padres y hermanos se habían unido a él. Igualmente, todo el que tenía deudas, o había estado oprimido o huía de cualquier problema, se estaba uniendo a él. Por ese motivo se trataba de un grupo variopinto, con gente de distintos ánimos e intereses, gente con buenas intenciones y otros con corazón más sombrío.

Cuando llegamos a la entrada, nos dieron el alto, nos rodearon y empezaron a interrogarnos con desconfianza, pasamos un momento de tensión, mas Eliab el hermano de David que había servido con Eliam en la batalla de Elah, les habló diciendo:

-¡Tranquilos, conozco a este hombre! Es un varón justo y de una sola palabra, podéis dejarlos pasar con total tranquilidad- los hombres que nos rodeaban guardaron sus armas y Eliab nos llevó hasta donde se encontraba David.

Aunque aun era joven y de buen parecer, ya se notaba en su rostro la huella y la dureza de la guerra, tenía varias cicatrices no muy grandes en el cuello y los brazos. Yo me lo imaginaba más alto, pero sí parecía bastante robusto, no era grueso, pero tampoco delgado, y se notaba en sus brazos, el duro entrenamiento y las batallas que ya había librado, pues parecían poderosos. Al vernos nos preguntó:

-¿De quién huís?, ¿tenéis muchas deudas?, no avergonzaros. Aquí cada cual tiene su historia- hablaba con decisión y había fuerza en sus palabras, pero a la vez notábamos que se dirigía a nosotros con cortesía.

-No, mi señor- respondió Eliam- tu siervo conoce personalmente a Samuel, quien me reveló que Saúl ya no tiene el favor de Yahweh, y que el trono de Israel te ha sido dado. Por eso he decidido seguirte, pues sé que la palabra de Yahweh, siempre se cumple.

Los hombres que me acompañan son de origen heteo, hombres fuertes instruidos en la guerra y que han decidido formar parte de los escuadrones de Yahweh, Bendito sea, pues incluso ya se han circuncidado.-

Al escucharnos David se quedó perplejo, sonrió, alzo las manos al cielo y alabó allí mismo, delante de todos al Eterno, diciendo:

-¡Bendito eres tu Adonai, Rey del universo que has utilizado a estos hombres para fortalecer mi ánimo y para recordarme que siempre cumples tus promesas, alabado seas por siempre!-

Enseguida nos abrazó y nos dijo:
-¡Bienvenidos hermanos!, es un honor que os hayáis unido a nosotros, no tengo ni puedo prometeros riqueza, ni comodidades. Si os quedáis hallaréis batallas, escasez y penalidades, pero no me equivoco si os digo que veréis grandes maravillas y el poder del Eterno.-

Realmente, había algo especial en David; demostraba mucha sabiduría e intentaba seguir los mandatos del Bendito. Por ejemplo, al poco de llegar nosotros, buscó refugio para sus padres en Moab (su bisabuela había sido moabita, Ruth, de quien Eliam me contó la historia), preocupándose por el bienestar de ellos como manda la Torah.

También tenía un don para componer música con su pequeña arpa, y las canciones que escribía en unas tablillas que él mismo preparaba, siempre daban gloria a Elohim, nunca había visto a nadie semejante entre los jefes militares que conocí en Karkemish.



CAPÍTULO 10.
SALMOS EN LA NOCHE


Una noche en la cueva, me tocó estar de guardia en la entrada, y al finalizar mi turno, ya tarde, observé que mi futuro rey, estaba alejado del resto de los hombres en un rincón, con una lámpara de aceite, tocando suavemente el arpa y cantando, apenas susurrando. Me acerqué despacio y escuché lo que entonaba:

-…este pobre clamó, y el Señor le oyó, y lo salvó de todas sus angustias.

El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen y los rescata.

Probad y ved que el Señor es bueno. ¡Cuán bienaventurado es el hombre que en El se refugia!...-

David observó que lo escuchaba con atención, y me dijo:

-Acércate joven Urías- me sorprendió que recordara mi nombre –ven, siéntate a mi lado, el sueño se ha ido de mí y me vendrá bien tener alguien con quien conversar.

Dicen que eres heteo de nacimiento, ¿cómo es que has llegado hasta aquí?- me preguntó, y abriendo mi boca le conté la historia de mi vida hasta ese momento y cómo me había convertido de los ídolos a Yahweh.

Él me escuchaba con atención, nuestra presencia allí le complacía, y con el paso de los minutos me abrió su corazón.

Me contó como había tenido que huir de Saúl, a pesar de ser su yerno e íntimo amigo de su hijo Jonatán, de quién se había despedido con muchas lágrimas no hace mucho. Me dijo que el miedo se apoderó de él y actuó por impulsos, inconscientemente en parte, mintiendo al sacerdote Ahimelec para recibir su ayuda y escapando imprudentemente hacia Gat de los filisteos.

Y que allí, en tierra filistea, fue reconocido y para salvar la vida tuvo que hacerse pasar por loco, para evitar ser apresado, me contó como vio la muerte de cerca y experimentó la salvación del Eterno.

-La canción que me escuchabas cantar- me dijo –la compuse al poco de llegar a la cueva, recordando este suceso.-

Y así estuvimos varias horas hablando, a la tenue luz de la lámpara, y me cantó algunas canciones más que el Eterno le había permitido componer allí, recuerdo algunos párrafos que decían:

Clamo al Señor con mi voz; con mi voz suplico al Señor.

Delante de El expongo mi queja; en su presencia manifiesto mi angustia.

Cuando mi espíritu desmayaba dentro de mí, tu conociste mi senda.”

Fue un buen tiempo el de esa noche.

Los días pasaban y se observaba como la moral de David iba aumentando de la misma forma que el número de los hombres que estábamos a su mando, ya éramos unos cuatrocientos.

La cueva era un buen refugio, casi inexpugnable y muy fácil de proteger, además contábamos con la lealtad de las aldeas cercanas, a quienes protegíamos, para no ser descubiertos.

Los hombres parecían estar acomodándose allí, y hablaban incluso de establecerse, trayendo a sus familias. Sin embargo, un día, después de consultar a su Dios, David dio órdenes de levantar el campamento y marchar hacia tierra de Judá.



sábado, 8 de junio de 2019

Urias heteo. Un relato novelado. Capítulos 4 al 7.

CAPÍTULO 4.
TIRO


La ciudad estaba dividida en dos partes, la principal y más hermosa estaba en una pequeña isla, situada a unas doscientas cañas de la costa, y en esta, se encontraban los suburbios, donde se contrataban los trabajos y se organizaban las exportaciones de una de sus principales riquezas: la madera de sus espectaculares cedros.

Después de descansar un par de días en una posada, acudimos a uno de los principales contratistas de leñadores, el cual en seguida nos vio, nos dio trabajo pues nuestro aspecto era robusto.

Al siguiente día, partimos a los montes cercanos, al inagotable bosque de imponentes cedros y ahí comenzó nuestra época de leñadores. El trabajo era muy duro y peligroso, de vez en cuando, alguien se hería con el hacha, o lo que es peor, quedaba aplastado por uno de los árboles. Pero aprendimos rápido, y el jornal estaba bien remunerado, pues los tirios exportaban la madera a muchas naciones, ya que ésta tenía muy buena fama por todo el mundo, estando cotizadísima.

Daba la impresión de que el plan de Ahimelec había dado resultado, estábamos bien pagados, –aunque parecía que nuestras ganancias nos quemaban en las manos, pues tal como las cogíamos, las gastábamos- éramos y nos sentíamos hombres libres.

La ciudad de Tiro era preciosa y allí se encontraban toda clase de objetos provenientes de los cuatro puntos cardinales del mundo: mármol de Tharsis, seda de los países más lejanos del oriente, especias de Arabia, oro, plata, metales…apenas había agricultura autóctona, pues importaban los cereales.

Existían multitud de talleres donde procesaban toda la materia prima, que conseguían sus expertos navegantes, por todo el Mediterráneo. Manufacturaban unas telas teñidas en color púrpura, que eran la envidia de todos los pueblos alrededor.

Pero de todas las maravillas, sus mujeres –decía el incorregible Ahimelec- eran las más hermosas. Y yo tengo que reconocer que lo eran, además, vestían mucho más vistosamente que las de nuestra tierra y tenían un carácter extrovertido y alegre, tal es así que eran ellas muchas veces, las que daban el primer paso a la hora de elegir pareja.

Trabajaban en los talleres, algunas eran dueñas de los mismos, y después, coincidíamos con ellas en los muchos sitios que había en Tiro para beber y divertirse. Ni que decir tiene que Ahimelec tuvo muchísimo más éxito que yo, en lo que a las muchachas tirias se refiere.

En Tiro también se trabajaba el hierro -de una forma mucho más avanzada que en Karkemish- por lo que podría haberme ganado la vida en cualquier taller, pero, la verdad, es que prefería el olor del monte por la mañana, respirar ese aire tan puro y contemplar esa belleza natural que me sobrecogía, y me hacía preguntarme qué dioses la habrían creado.

Sin embargo, a pesar de que todo parecía ir bien, al llegar la noche, cuando me encontraba en la cama, sentía un gran vacío en mi interior. Notaba que ese no era mi sitio, que había algo o alguien esperándome, un destino, una misión que cumplir. Intenté buscar respuestas en el templo de Baal, uno de los pocos dioses de los tirios, pero no las hallé, además, aunque los dirigentes de la ciudad no son muy religiosos, me sobrecogió el fanatismo de algunos, que aún ofrecían a sus propios hijos en sacrificio.

Pero una mañana, algo nuevo sucedió. El trabajo no paraba de aumentar y venía gente de diversos sitios. Ese día se unió un grupo de hebreos a nuestro tajo y un tirio que estaba con nosotros nos susurró mientras los mirábamos: “son gente extraña estos hebreos, es increíble que hayan conseguido asentarse en Canaán… ahora incluso tienen un rey.”

-¿Hebreos?- le pregunté, -¿no es de ellos de quienes hablan esas leyendas de hechos milagrosos ocurridos en Egipto hace tiempo, leyendas que incluso llegaron a Karkemish?-

-Sí, ellos son, no sé si será verdad lo que cuentan, y si su Dios los libró entonces y aún les guarda y guía, pero lo cierto es que ahí siguen.

Pero, lo que te digo, son gente extraña, tienen prohibido comer ciertos alimentos e incluso hay un día de la semana que no trabajan, de tal manera que hasta se abstienen de hacer fuego en sus hogares en ese día. Lo llaman el sabat o día de reposo. Lo sé porque, a veces, los capataces se enfadan con ellos, cuando dejan el tajo ese día.-

Y fue entonces cuando lo vimos por primera vez, me refiero a…


CAPÍTULO 5.
ELIAM


Eliam, ¡qué trabajador y buen compañero era! Cayó en nuestro grupo de trabajo junto con otros hebreos, tenía treinta y pocos años y era un hombre alto y fibroso.

Por su físico yo pensaba, y no me equivocaba, que tenía experiencia también en la batalla. Me llamó la atención su amabilidad con los compañeros, pero a la vez, no entraba en las conversaciones subidas de tono, ni tampoco se le escuchaba una mala palabra, había algo en él que me intrigaba.

Apenas cogí un poco de confianza, no pude contener más mi curiosidad y, aprovechando que estábamos cerca el uno del otro, cada uno con su hacha, dándole que te pego a los cedros, le pregunté:

-Eliam, ¿de veras crees lo que cuentan de tus dioses, que hicieron maravillas para sacar a vuestros antepasados de la esclavitud, allá en tierra de Egipto? En mi tierra se cuentan numerosas leyendas de muchísimos dioses, pero la verdad Eliam, es que yo no me las termino de creer- le dije tomándome un pequeño respiro, secándome el sudor de la frente.

-¿Dioses? Nosotros no tenemos “dioses” en plural, tan sólo Uno es Dios, y su Nombre es grande y admirable en toda la tierra.- Me respondió.

Esas palabras me desconcertaron, yo estaba acostumbrado a oír hablar de cientos de dioses…-¿Sólo un Dios?, ¿dónde puedo ver su imagen? O ¿cuál es su Nombre?- le pregunté asombrado.

-El es el Dios que ha creado todo lo que vemos, pero a Él nadie lo ha visto, no hay escultura que pueda representarlo, ni artífice lo suficientemente bueno para plasmar su gloria.

Tan sólo un hombre, Moisés, habló con Él como quien habla con un amigo, y por medio de este hombre es que el Eterno hizo esas grandes maravillas de las que has oído hablar, y a él le fue dada también la Ley Sagrada, que el Bendito nos mandó obedecer.- me respondió.

Yo notaba que se emocionaba al decirme estas palabras, tanto que se le ponían los vellos de punta. Y, acto seguido, paró un momento de dar tajos con el hacha, me miró y me dijo:

-Su Nombre es Yahweh.-

Algo ocurrió en mi interior al escuchar su Nombre, sonaba como una dulce melodía “..i..a..u..e..”, tuve que dejar el hacha también, y por un momento, sentí paz en mi interior. Es más, creo que fue el escuchar su Nombre en los labios de Eliam, el punto de inflexión en mi vida que ya no volvería a ser la misma.

Todos los días procuraba ponerme cerca suya, le preguntaba y preguntaba, y él me contaba en detalle la historia de Abraham, Isaac y Jacob los patriarcas, de las plagas de Egipto, de la peregrinación por el desierto, de los jueces Gedeón, Sansón… me quedaba boquiabierto, y Ahimelec, para mi sorpresa, también se acercaba y escuchaba nuestras conversaciones, y aunque se lo tomaba todo a broma, yo sabía que a él también le gustaba escucharlo.

Me llamaba tremendamente la atención que guardaran reposo el sábado y comentaran sobre la Torah –así es como llaman a la Ley del Bendito- ¡qué maravilla! Se notaba que era Ley de Dios. Eliam tenía un manto, blanco con algunas franjas azules, “el manto de oración”, lo llamaba, que se ponía ese día, el sabat, cuando leía u oraba a su Dios.
Decía que este manto le ayudaba a concentrarse, a desconectarse del mundo exterior y le ayudaba a entrar en comunión con el Eterno. En sus bordes tenía unos flecos que, me contaba, le recordaban los mandamientos del Creador.

Esta Ley que seguía Eliam, sí que era una Ley tremendamente justa, que le daba el primer lugar al Creador, pero que también mandaba cuidar y amar a las personas, e incluso a los animales y a las plantas. Amar al Creador sobre todas las cosas y con todas las fuerza, y amar al prójimo como a uno mismo, jamás había escuchado tales cosas.

Uno de esos sábados estaba hablando con Eliam, y él empezó a explicarme algo sobre un objeto al que llamaba el Arca Sagrada. Justo en ese momento Ahimelec nos interrumpió:

-¡Vamos Urías, aséate que nos vamos de fiesta, rápido, la vida es breve y el momento que se va ya no vuelve!- y tal como era mi costumbre, le hice caso. Me acicalé un poco y nos dirigimos hacia el centro de Tiro.

Sin embargo, algo había cambiado en mí, sentía como un fuego interior en mi pecho que no me dejaba respirar, y tras caminar un trecho le dije a mi amigo:
-Ahimelec, sigue sin mí, amigo mío, necesito saber más acerca de esta creencia y este Dios de los hebreos, ¡que te vaya bien!- Ahimelec se quedó desconcertado, intentó convencerme diciéndome que había tiempo para todo en la vida, pero, al ver mi determinación, me dejó ir, quejándose de mi testarudez.

-¡Cuéntame acerca de ese Arca!- exclamé al regresar a la posada y ver a Eliam. Éste se alegró, igualmente, de verme y dijo:

-Para nosotros es importantísima, pues Yahweh nos ha mostrado su poder a través de ella, en numerosas ocasiones. Se puede decir que el Arca es el trono del Eterno aquí en la tierra. Es muy hermosa, está cubierta de oro puro y contiene las tablas de la Ley, que el Bendito escribió con su dedo y entregó a Moisés en el desierto.-

-¿Tablas de piedra escritas por Dios? ¿Las has visto?- pregunté asombrado.

-¿Verlas? ¿estás loco?, el Arca de la Alianza es un objeto tremendamente sagrado. Mira, hace unas décadas fue capturada por los filisteos y en los siete meses que estuvo con ellos, les produjo tumores y desgracias, hasta tal punto que decidieron devolverla. Los israelitas que la recuperaron lo hicieron con gozo, pero cometieron el error de abrirla para mirar en su interior, ¡y murieron cincuenta mil setenta de ellos! Hay unas normas para trasladarla, sólo los Levitas pueden hacerlo… es algo largo de explicar- me respondió Eliam.

Era cuestión de tiempo, y un día que me contó una historia, que le había revelado el profeta Samuel, sobre una moabita, llamada Ruth, que dejó a su tierra y se unió al pueblo de Israel, llegando a ser muy apreciada por la comunidad hebrea, dije:

-Eliam, yo quiero ser como ella, quiero que tu pueblo sea mi pueblo y tu Dios, mi Dios, cuando te oigo hablar de la Torah, siento que el Creador habla a mi corazón.-

-Pues no se hable más, ven conmigo a mi casa y serás recibido como un miembro más de mi familia.- me respondió gozoso. Eliam tenía mujer y siete hijos, cuatro varones y tres hembras, que se habían quedado en Judá con su padre Ahitofel, hombre sabio en gran manera.

Junto con otros hebreos, había venido una temporada para levantar un poco la economía familiar, pero una vez cumplido su cometido, Eliam volvía a su tierra, y yo me iba con él.

-Ahimelec, amigo, me voy a la tierra de Israel, entenderé si no me acompañas, pero sé que has oído al igual que yo de la Ley de Yahweh, y de las maravillas que han sido hechas en medio de este pueblo. No sé muy bien que opinas al respecto, pero yo quiero ir allá.-

-Pues mira- respondió Ahimelec. -Como que estoy harto de tanta madera, y me he acostumbrado a tu compañía, así que ¿por qué no conocer una nueva tierra? Me voy contigo, además yo también quiero oír más acerca de ese Dios del que hablan.- aparte de lo que me dijo era verdad, sé de buena tinta, que se había metido en un lío de faldas de considerable envergadura, pues se había encaprichado de una joven de linaje noble, ya desposada, y la cosa no salió bien, hasta tal punto que incluso su vida podría correr peligro.

Y así fue como partimos con el grupo de Eliam hacia tierra de


CAPÍTULO 6.
JUDÁ


Durante el camino, Eliam nos informó de la historia reciente de Israel; hasta hace poco había estado gobernada por diversos jueces, que se levantaron en momentos difíciles para ellos y que actuaron como libertadores ayudados por el Creador, según nos decía.

No obstante, nos refirió con pena que, muchos hebreos, habían adoptado a los ídolos de las naciones vecinas y se habían apartado de la Torah y que cada cual hacía lo que bien le parecía. Pero, que nuevamente, había esperanza en la tierra de Israel, pues se había erigido un gran profeta, en medio de ellos: Samuel.

Éste hizo volver al pueblo a su Dios y destruyó las esculturas de los dioses ajenos, juzgó a la gente con justicia e Israel se sentía seguro y bajo el favor de Yahweh. No obstante, cuando ya era viejo, sus hijos, que en un principio estaban destinados a continuar su obra, no siguieron su camino, sino que se dejaron sobornar y se corrompieron delante del pueblo.

Entonces los israelitas buscaron a Samuel y le pidieron que nombrara un rey para ellos, para que pudieran equipararse a las demás naciones; un rey que los llevara a la guerra y les garantizase seguridad.

En un principio la idea no agradó al profeta, pues era el Eterno el único que verdaderamente podía guiar y proteger a Israel. Pero tras consultarle, accedió a nombrarles rey, advirtiéndoles de las cargas que les impondría.

El elegido fue el que gobernaba actualmente en Israel, Saúl, un hombre fuerte y alto, de la tribu de Benjamín, que en un principio parecía tener el favor de la gente, pero que últimamente tenía un comportamiento extraño, de hecho, parecía que no les agradaba demasiado.

Y efectivamente, así era, pues continuando en el camino, Eliam nos dijo que conocía personalmente a Samuel. Y que este le había revelado que el Eterno tenía preparado a otro mejor que Saúl para el trono de Israel, otra persona que él conocía, y fue en ese instante donde oí hablar por primera vez de David Ben Isaí (hijo de Isaí). No podía ni imaginar las aventuras que viviría bajo las órdenes de este hombre poco tiempo después de que Eliam nos hablara estas palabras.

-La primera vez que lo vi apenas era un muchacho- dijo Eliam refiriéndose a David. –Junto con otros hombres de mi ciudad, Gilo, me uní al ejército de Saúl para enfrentar a los filisteos que se habían preparado para la batalla en el valle de Elah. En mi grupo de cincuenta, había tres hermanos, hijos de Isaí, de Belén y yo tenía amistad con el mayor de ellos Eliab.

Llevábamos varios días acampados ejército frente a ejército, con el valle en medio. Y todas las jornadas, Goliat, un hombre de gran estatura, descendiente de gigantes, y de aspecto temible, nos retaba blasfemando en contra de nuestro Dios. Quería que algún israelita aceptara luchar contra él, un combate entre dos guerreros en vez de entre dos ejércitos. Pero nadie de nosotros se atrevía a aceptar dicho reto, pues su aspecto era temible en gran manera.

En esto llegó David, mandado por su padre, para proveer de víveres a sus hermanos, estos que estaban conmigo. Y se indignó al escuchar las arrogantes palabras del filisteo, dando a entender que él mismo se enfrentaría con él. Su hermano Eliab le increpó (bajo mi punto de vista injustamente. Me dio la sensación que le tenía un poco de envidia o celos), pero aun así David siguió en su empeño hasta que lo condujeron a la presencia del rey Saúl.

No sé que es lo que le diría al rey, pero el caso es que poco después lo vimos cruzando el valle al encuentro del filisteo, ¡y tan sólo llevaba una honda y un cayado como armas!

Todos estábamos expectantes, asombrados por el valor de este joven, aunque creo que ninguno apostábamos nada por él. Quizás por eso el grito de júbilo hizo temblar la tierra, cuando comprobamos que el certero lanzamiento de su honda, había tumbado al pertrechado y fornido gigante.

Realmente, vimos que el Eterno lo había llevado a la victoria, y contagiados por la euforia, atacamos y logramos vencer a nuestros enemigos de una forma aplastante.

A partir de ese momento, David se trasladó a palacio y sirve con honestidad y valentía al Rey. Con el paso del tiempo se ha casado con su hija Mical, y actualmente es jefe de mil (o, al menos, lo era cuando salimos para Tiro). Y cada vez que entra y sale en batalla, el Eterno le da la victoria. Ha hallado gracia en el pueblo y hasta las mujeres le dedican canciones.-


CAPÍTULO 7
UN SUEÑO ESPECIAL


Y así, entre historia e historia, íbamos andando el camino. Un día, antes de bajar al valle de Jezreel (por cierto, ahora entendía por qué se habían librado tantas batallas en él, era el escenario perfecto, un ruedo de combate), paramos en una aldea en una región montañosa, al norte de dicho valle.

Estábamos cansados, y no sé si sería a causa de todas estas historias, tuve un sueño, en ese lugar, que me impactó grandemente.

Soñé que me levantaba y miraba a mi alrededor. Todo era un puro desierto, entonces, vi a un ser alado, como los que según Eliam, decoraban el Arca, sembrar una semilla ante mí, exclamando:

-¡He aquí el Renuevo!- entonces vi brotar una planta de olivo, que creció rápidamente, y de sus raíces brotaban manantiales inagotables de agua. Bebí de ellas y sentí un bienestar que nunca antes había experimentado.

-En este lugar, aparentemente irrelevante, crecerá el que saciará a los sedientos con el agua de vida inagotable, y tú conocerás a alguno de sus ascendientes- me dijo el ser y al instante desperté.

Se lo conté a Eliam, pues nunca había tenido un sueño así, de hecho casi nunca me acuerdo de lo que sueño. Pensé que él no le daría importancia, sin embargo me dijo:

-No sé que es lo que significa tu sueño, pero es evidente que el Eterno te ha revelado que en este lugar crecerá alguien que será grande en Israel- y seguidamente adoró.

Seguimos nuestro camino, y paso a paso, por fin llegamos a conocer lo que sería…


sábado, 1 de junio de 2019

Urías heteo.Un relato novelado. Prólogo y capítulos 1 al 3.



PRÓLOGO


     Oía decir que poco antes de morir, ves tu vida pasar ante tus ojos, lo que te hace recordar, en breves instantes, los hechos que la han marcado. Hoy he podido comprobar que ese dicho es verdadero.

Tuve un mal presentimiento esta mañana, cuando mi general, Joab, me asignó un grupo de hombres distinto al que dirigía habitualmente y me mandó atacar a un grupo de soldados de élite amonitas, que habían salido de la ciudad de Rabá, sitiada por nosotros, para intentar abrir una vía de escape a nuestro asedio.

Me pareció imprudente la orden de que los siguiéramos hasta la misma puerta de entrada, bajo las almenas, por si podíamos abrir una brecha en la muralla, pues aún sus defensas eran fuertes. Además, no estaba muy cómodo con parte de mis nuevos acompañantes, conocía su comportamiento y sus desmanes con el vino y el juego. Pero, como siempre, me encomendé al Eterno y obedecí la orden sin rechistar.

Encontramos al grupo enemigo sobre el mediodía, y entablamos feroz combate al instante. Aunque sufrimos algunas bajas, en poco tiempo herimos a bastantes de nuestros enemigos y los hicimos retroceder hacia su muralla. Entonces, de una forma extraña, mis subordinados se apartaron de mí y fui blanco fácil para los certeros arqueros amonitas. Dos flechas atravesaron mi pecho, intenté mantenerme en pie, pero no pude, y lentamente, caí al suelo.

En ese instante, mis sentidos se agudizaron, el cielo estaba profundamente azul, el viento mecía las hojas de un solitario cedro cercano, y, junto a mí, había algunas de esas extrañas y hermosas flores negras que solo crecen aquí. Y fue entonces cuando pasó; empezaron a fluir recuerdos en mi mente y de una forma intensa reviví acontecimientos que tenía totalmente olvidados.



CAPÍTULO 1.
LA VIDA EN KARKEMISH


La primera imagen que visualicé fue el taller de mi padre en Karkemish. Antiguamente los hititas fuimos un gran imperio, pero tras la invasión de los crueles Pueblos del Mar y el atosigamiento de los asirios, solo quedan pequeños reinos aislados, de los que Karkemish es el principal.

Mi madre murió al poco de darme a luz y mi infancia la pasé ayudando a mi padre, Mursi, a trabajar el hierro en el taller. El trabajo no faltaba, hacíamos elementos decorativos, arreglábamos herramientas, útiles para el campo, armas… Mi padre no era un mal hombre, me trató bien, pero nunca se recuperó del todo de la pérdida de su esposa, a la que amó en gran manera, y de vez en cuando se refugiaba en la bebida.

El taller era su vida, aunque cada vez era más difícil salir adelante, según las leyes hititas hasta la mitad de una semana de trabajo había que dársela al señor del Palacio que dominaba en nuestra zona. También tengo una hermana mayor, Harinna, que es la que se ha encargado de las tareas domésticas desde muy joven, es muy trabajadora y siempre nos llevamos muy bien.

Pese a las dificultades y a su manera, mi padre me enseñó a conducirme honradamente en la vida, era un buen ciudadano. Los hititas tienen unos principios y unas leyes bastante justas en comparación con los de las naciones vecinas; los castigos no son muy severos, la mayoría de los asuntos se resuelven con compensaciones económicas, se intenta imponer cierta justicia y hasta se regula el trato con los esclavos -que son mejor tratados que en muchos sitios-, aunque, los pobres desdichados, sirven de moneda de cambio para arreglar muchos asuntos.

En ese tiempo me parecían unas buenas leyes en general, pues aún no había conocido la Ley del Bendito.

Cumplidos los dieciocho años, las cosas por Karkemish no iban muy bien, cada vez pagábamos más impuestos para sufragar los gastos militares causados por las continuas incursiones de los asirios. Y, lo que es peor, cada vez se requerían más levas para complementar al ejército, tal así, que un día llamaron a mi puerta…me tocó incorporarme a mí.



CAPÍTULO 2.
EN LA MILICIA


-Esto no es un juego, hijo mío, si quieres sobrevivir sé fuerte y no muestres piedad, pues si caes en manos de los asirios no la tendrán de ti. Sométete a tus mandos y no quieras destacar, sé valiente, rogaré a los dioses por ti- con estas palabras mi padre se despidió de mí, regalándome unas botas nuevas (los hititas usamos unas botas características, con las puntas dobladas hacia atrás para proteger nuestros dedos) en las que me ocultó una pequeña, pero pesada, daga de hierro muy afilada.

No pegué ojo en toda la noche. Tenía sentimientos encontrados: Por un lado sentía miedo, inseguridad, tenía mi vida hecha con mi padre, mi hermana y mis amigos. ¿Por qué tenían que arrancarme de ella? Para colmo se escuchaban constantemente noticias de los mozos que morían en batalla, por su falta de experiencia, y ya había asistido a varios de sus funerales. Jóvenes con los que jugué en mi infancia, que nunca volverían a ver el sol.

Por otro lado, me gustaba la idea de aprender a defenderme, a vestirme y conducirme como un soldado, imaginaba que así las chicas se fijarían más en mí y que podría vivir aventuras interesantes. Sin embargo, pronto comprobaría que dichas aventuras no eran, ni por asomo, de lo más gratificantes.

Mi paso por el ejército de Karkemish no fue de lo mejor que me ha pasado, ni mucho menos. Allí perdí mi inocencia, hice bastantes cosas que me avergüenza contar, sufrí peligros y calamidades… pero, tengo que decir, que saqué dos cosas buenas de mi paso por la milicia:

La primera es que encontré a un amigo, más que un amigo, un hermano, Ahimelec. Era oficial de la milicia del rey y el encargado de nuestro entrenamiento, era un joven alegre, ávido de aventuras, altivo, valiente y leal con sus hombres. Era fornido, aunque tenía una voz que no le acompañaba, pues era bastante aguda y hablaba con un tonillo que parecía estar cantando, y yo no lo podía evitar, al escucharlo debía esforzarme para no reír.

Recuerdo la primera vez que lo vi, fue a nuestra llegada al campamento, dio la orden de formar con todo el equipo y nos dijo “¡Con firmeza soldados! ¡Que nadie se mueva! ¡Ni siquiera aunque un hurón empezara a escarbar por la suela de sus botas y comenzara a morderles el dedo gordo del pie! ¡Defiendan con honor a su pueblo! Los hechos destacables de la milicia asiria se puede escribir en la tapadera de una olla, como las que vuestras madres utilizan para cocinar, pero la historia de la milicia hitita ¡necesita muchos cientos de tapaderas para poder contarla!”

Me costó cara la sonrisa que se me dibujó en el rostro al escucharlo, y pasé en formación todo ese día, sin comer como castigo. No empezamos con buen pie, pero luego, con el paso de los días, entablamos una buena amistad, a él le gustaba mi interés por hacer las cosas bien y a mí me gustaba escuchar sus historias. Básicamente, él hablaba y yo escuchaba y reía.

La segunda cosa que aprendí es que los dioses, pensaba entonces yo, tendrían algo preparado para mí, pues en dos ocasiones dos flechas no me alcanzaron por instantes, una vez por agachar la cabeza al ajustarme la espada al cinturón, y otra al detener mi paso y girarme cuando oí que un superior me llamaba. En ambos casos, sentí el aire de las saetas que casi rozaron mi piel… ahora creo, que esas dos flechas, me esperaban en un momento futuro.

En otra ocasión un veterano asirio de gran estatura –los hititas por lo general no somos altos, aunque sí fornidos, por el hábitat montañoso en el que nos movemos- arremetió contra mí, resistí varios de sus mandobles, gracias más a la fortaleza de mis brazos -curtidos con el martillo en el taller- que al poco entrenamiento recibido, pero aun así no podía contenerlo. Caí al suelo y justo cuando el asirio levantaba su espada para rematarme, ésta se le deslizó de entre las manos, alcanzando una gran altura, por un instante mi enemigo quedó desconcertado, momento que aproveché para lanzarle la daga de mi padre a la desesperada, casi al azar, siendo el caso que le alcanzó en el cuello, cortándole la yugular.

Y es que, en mi tierra, se adoraba a muchas divinidades, tanto es así que algunos la nombran como “la tierra de los mil dioses”. Demasiados, pensaba yo. En mi interior sentía que había algo superior a los hombres que guiaba nuestro destino, yo seguía al dios del trueno teshub, más que nada porque me impresionaban los rayos, pero lo seguía como una superstición. De todas formas, notaba que algo o alguien me guardaba y me estaba buscando.

Más tarde, ya en Israel, al hablar con un sacerdote, éste me diría que el extranjero que se convertía al Dios de los hebreos, antes de convertirse ya tenía una chispa de hebreo en su corazón, y pienso que tenía razón.




CAPÍTULO 3.
EN BUSCA DE AVENTURAS


Cuando terminó mi servicio, volví al taller de mi padre, pero yo ya no era el mismo. Mi amigo Ahimelec, me visitaba a menudo, siempre fue un poco rebelde y utópico, se quejaba de las diferencias que había en relación a la calidad de vida que tenían los nobles con respecto al pueblo llano. Veía cómo el ejército hitita iba perdiendo poder a marchas agigantadas y se ahogaba con los cada vez más atosigantes impuestos.

En muchas ocasiones me había dicho que necesitaba salir de Karkemish, cambiar de aires, de oficio, que había oído que cerca de Tiro y Sidón, había un bosque inagotable de cedros, que los leñadores allí estaban bien pagados y que, sobre todo, decía él, las jóvenes de la zona tenían fama de ser muy hermosas. Pero un día convirtió todos esos anhelos en realidad; vino a mi casa y me dijo que se iba y que se sentiría muy feliz si yo decidía acompañarlo.

No lo dudé, le dije inmediatamente que sí, pues la verdad es que yo me sentía igual, del mismo modo que le ocurría a él, en mi cabeza rondaba, a menudo, la idea de buscar nuevos horizontes. Además, hacía un tiempo que Harinna se había casado, y mi padre, finalmente, se decidió a tomar de nuevo esposa.

Se trataba de una viuda, bastante más joven que él. Y aunque era buena persona, yo no me sentía cómodo, pues era poco mayor que yo y, además, aunque no conocí a mi madre, no sé, aunque me alegraba por mi padre, la consideraba una extraña que venía a integrarse en un sitio que no le correspondía.

En fin, que acepté la oferta de Ahimelec. Tan sólo le pedí me diera un día para despedirme de mi padre y hermana –pues algo me decía que no volvería a verlos- a lo que él accedió.

Cuando se lo comenté a mi padre, noté en sus ojos una mezcla de tristeza y resignación, pero a la vez de comprensión y apoyo, pues era consciente que el futuro de los jóvenes en Karkemish, no era muy prometedor. Nos abrazamos y organizamos una gran despedida “a su forma”; llamamos a Harinna y mi cuñado, comimos, reímos y bebimos mucho vino esa noche, contando más y más historias y recuerdos de nuestra infancia y vida en común.

Llegó la hora de despedirse, Harinna, mi padre y yo, nos fundimos en un gran abrazo, entre lágrimas. Mi padre, me dio algo de plata y provisiones para el camino, pese a mis reticencias y, cuando aún no había amanecido, Ahimelec y yo partimos a escondidas pues él pasaba a ser un desertor.

Durante días caminábamos de noche y dormíamos de día. Transitábamos por parajes no habitados muy precavidamente, hasta que salimos de los términos del reino.

Cuando se nos acabaron las provisiones recurrimos a la caza, ahí fue realmente donde aprendí a disparar el arco, Ahimelec tenía mucha puntería y me enseñaba, y poco a poco fui adquiriendo destreza, sobre todo, porque si no acertaba, era probable, que no comiera ese día.

Y así tras muchos días de viaje, llegamos al destino fijado por Ahimelec, la espectacular ciudad de…



miércoles, 1 de mayo de 2019

RAÍCES HEBREAS (Parte 3)

    ¿Qué hacemos con estos gentiles que han creído? Esta fue la gran pregunta en el Siglo I. Conforme al sermón de Pedro registrado en Hechos 3, los creyentes confiaban en un pronto regreso del Mesías "...arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado". Si el pueblo elegido se hubiera arrepentido, el Mesías hubiera regresado inmediatamente, pero no fue así ya que en su gran mayoría no reconocieron a Yeshúa, aunque varios miles sí que creyeron.




    Los apóstoles y primeros discípulos, como judíos, seguían reuniéndose en sinagogas y asistiendo al templo, donde daban testimonio a sus conciudadanos de que Yeshúa era el Mesías que tanto tiempo habían esperado.

    Sin embargo, el Maestro había ordenado que le fueran testigos, no solo en Judea, sino hasta lo último de la tierra, y tras el hostigamiento por parte de las autoridades religiosas judías, que produjo la muerte de Esteban, muchos discípulos fueron esparcidos. 



     Allá donde iban, seguían dando testimonio de la fe que ardía en sus corazones. Pero hay que aclarar que seguían reuniéndose en sinagogas, donde eran reconocidos como "nazarenos". Es decir, Yeshúa no fundó una nueva religión, no cambió las sinagogas por unos nuevos edificios llamados iglesias, por supuesto no cambió el día de reposo o de reunión, El vivió como judío observante toda su vida. Y los primeros miles de creyentes, como judíos que eran, siguieron viviendo conforme a las costumbres de su pueblo, pero con el gozo de haber reconocido y creído en el Mesías. En este sentido, no había "cristianos" propiamente dichos, en los primeros años que siguieron a la muerte y resurrección del Salvador.

    Por eso cuando Pablo asolaba a los creyentes, no iba a edificios llamados iglesias, iba a las sinagogas buscando a estos nazarenos que tanta aversión habían causado a los principales sacerdotes (Hechos 9:1-2).

    Y, entonces ¿cómo comenzaron a convertirse los gentiles? Pues, hay que decir que en el Siglo I, ya había numerosas comunidades israelitas en la diáspora. Por todas partes del imperio romano se encontraban sinagogas, a las que se acercaban muchos no judíos , atraídos por esta religión contraria a las imágenes y a los numerosos dioses de las demás, que causaba además, un comportamiento ético y moral más elevado entre sus feligreses. 

     De estos gentiles que se acercaban a las sinagogas, algunos se convertían al judaísmo, eran los llamados prosélitos. Sin embargo, el requisito de la circuncisión echaba para atrás a la mayoría (de los varones, pues a las mujeres se les exigían unos requisitos mucho más llevaderos) los cuales asistían como "oyentes" se puede decir, disfrutaban de la lectura de la Torah, los Salmos y los Profetas, y seguían algunas observancias, pero no daban el paso para formar parte como miembros de pleno derecho de la congregación, eran los llamados "temerosos de Dios" -Cornelio era uno de ellos -Hechos cap. 10-.

     Estos fueron los primeros creyentes gentiles que se fueron convirtiendo al Mesías, cuando escucharon hablar a estos nazarenos en las sinagogas. Y, especialmente, cuando Pablo, una vez convertido y encomendado por el Creador a proclamar el evangelio a los no judíos, empezó a explicarles que no era necesario que se circuncidaran para pasar a formar parte del Israel de Dios, empezaron a creer por cientos y más tarde por miles. 

      Podemos ver un ejemplo de esto en Hechos 13:16: "...Entonces Pablo, levantándose, hecha señal de silencio con la mano, dijo. Varones israelitas, y LOS QUE TEMÉIS A DIOS, oíd..." Pablo y Bernabé, al igual que hacía Yeshúa, acudían cada sabath a la sinagoga y allí empezaban a predicar, tanto a los judíos como a estos gentiles que eran llamados temerosos de Dios.

     El hecho de que tantos de estos gentiles se convirtieran, provocó gran sorpresa entre los discípulos, produciéndose un conflicto, pues muchos de los fariseos que habían creído, proclamaban que era necesario que estos creyentes gentiles fueran circuncidados y aleccionados con el fin de que guardasen toda la ley de Moisés, para que pudieran ser salvos (Hechos 15:1). Esto era un gran disparate, pues ¿donde quedaban entonces los méritos del Mesías?

      Hay que aclarar que en los años en que los discípulos eran solo judíos, no había este problema, pues todos seguían la Torah, pero bajo las enseñanzas y en la libertad de Yeshúa, quien proclamó que "mi yugo es fácil y ligera mi carga".

      Pero claro, los fariseos que se habían convertido traían "la mochila" de haber estado "bajo la ley", esta expresión que usa muchas veces en sus escritos el apóstol Pablo, hace referencia a ese agobiante sistema religioso legalista que incluía los preceptos de la ley oral, que ya mencionamos en la entrada anterior.

     Y es a este sistema al que Pedro se refiere cuando dice en Hechos 15:10 y 11 "...Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos."

    Fue esta polémica entre los que querían judaizar a los gentiles, por un lado, y Pablo y Bernabé por otro, la que dio lugar al concilio de Jerusalén, que viene registrado en Hechos cap. 15.

     Vemos aquí un ejemplo de lo que debe de ser una asamblea, con un funcionamiento "democrático", en el que los apóstoles, los ancianos, los fariseos que habían creído y Pablo y Bernabé, expusieron sus razones y motivos.

     Entonces Jacobo, quien era el que presidía y regulaba la reunión, proclamó la conclusión del debate que tuvieron: (Hechos 15:19-21)

"....Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios, sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre. Porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo."

    Jacobo lo que hizo, fue aplicar las normas, que ya venían establecidas en Levítico sobre los extranjeros que moraban en Israel, a los nuevos creyentes entre los gentiles. 

     A partir de aquí, encontramos en Hechos dos "denominaciones" por decirlo así, las únicas bíblicamente defendibles: la de los judíos que creían en Yeshúa, que seguían en las costumbres y los preceptos que el Eterno había ordenado a su pueblo, y la de los gentiles que estaban exentos de ellas, salvo estas normas básicas, que invitaban a apartarse de todo lo que tuviera que ver con la idolatría, la inmoralidad sexual y a comer animales con su sangre. Pero ambos grupos tenían el fundamento en la salvación por la gracia y en los méritos del Mesías.

      ¿Significa esto que ya los gentiles no debían obedecer otros preceptos, como honrar a los padres, no robar, no mentir...? ¡claro que no!, por eso dice que cada sabath la Torah era predicada. Ya, poco a poco, los creyentes gentiles irían conociendo de todos esos preceptos maravillosos.

       Esta era la solución perfecta, siendo la asamblea de Jerusalén la que guiaba, por decirlo así, a las congregaciones gentiles. Lo que ocurrió es que,  después del concilio, primeramente, siguieron existiendo grupos que buscaban judaizar a los gentiles, y después, con el paso del tiempo, fueron los gentiles los que quisieron borrar toda influencia o raíz hebrea de sus congregaciones, lo que, poco a poco, dio lugar al tremendo sincretismo con el paganismo que entró de lleno en las iglesias. 

      Y, aunque la reforma se sacudió bastante de ese sincretismo, aún quedan en las iglesias evangélicas muchas tradiciones y doctrinas que no se ajustan fielmente a la verdad del relato bíblico, de las cuales fui consciente una vez que me introduje en las raíces hebreas de mi fe. De esto, básicamente, tratan las entradas de este humilde blog.

viernes, 1 de marzo de 2019

RAÍCES HEBREAS (Parte 2)



LEY vs GRACIA?






     Amazing Grace, es una de mis canciones favoritas, refleja como pocas ese favor inmerecido que el Creador nos ofrece de una manera sublime. Unos de mis textos bíblicos preferidos es el que narra como, en el momento más oscuro, el ladrón crucificado al lado del Maestro, le dice: "Acuérdate de mí, cuando vengas en tu reino", a lo que Yeshúa responde "de cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso". ¿Hay algún ejemplo más fuerte de la gracia, de la misericordia que ese hombre recibió en el último momento de su vida? No es mi objetivo en este artículo quitarle ni un ápice de valor a esa gracia divina. Pero sí quiero explicaros los distintos matices que podemos encontrar al acercarnos a este tema, desde una perspectiva occidental bajo influencia griega o desde una visión hebrea.


     Muchos cristianos piensan algo parecido a lo siguiente: Antes de que viniera Jesús, Dios había impuesto una serie de normas difíciles de cumplir, un legalismo que imponía un fuerte yugo sobre los lomos de los hombres, porque el Creador es perfecto y santo y exigía un comportamieno digno por medio de ciertas leyes y ceremonias. Pero, gracias a la obra de Jesús en la cruz, ahora ya no estamos bajo ese yugo, sino que tenemos libertad en Yeshúa. Así pues, la Ley y la Gracia, se puede decir, que bajo este punto de vista cristiano, se encontrarían enfrentadas.



    Sin embargo, bajo una perspectiva hebrea, la Torah (enseñanza, instrucción) del Eterno y su gracia no se enfrentan, sino que van unidas. El Creador no cambia (Malaquías 3;6), y ha mostrado su gracia desde el principio, de hecho la primera vez que aparece esa palabra en las Escrituras es en Génesis cap. 6:

     "Y dijo YHVH  <<Borraré de la faz de la tierra al hombre que he creado, lo mismo que a las bestias, los reptiles y las aves del cielo. ¡Me pesa haberlos hecho!>>

       Pero Noé halló GRACIA a los ojos del Señor.

       Noé era un hombre justo. En sus acciones fue perfecto, pues siempre anduvo con Dios..."

       Como vemos en el texto,  aquel que halló Gracia andaba conforme a la voluntad del Eterno, lo mismo podemos hablar de Daniel, Job, Abraham... la Gracia y la obediencia a los mandatos de Elohim iban unidas.

     Ya en el Tanaj (Antiguo Testamento), se manifiesta la incapacidad del hombre de agradar a Dios por sí mismo, por sus propias fuerzas, y es que hay una verdad terrible en las Escrituras -como le escuché decir al predicador Paul Washer, esa verdad terrible es que Dios es bueno y Santo y nosotros no lo somos, porque como dice Isaías 64:6

"Todos nosotros somos como cosa impura, y todas nuestras obras justas son como trapos de inmundicia. Todos nosotros nos hemos marchitado como hojas, y nuestras iniquidades nos han llevado como el viento."

    Por eso es válida esta definición de Gracia, como el favor inmerecido del Creador hacia los hombres, de hecho, siempre ha sido así. Los hombres que se han salvado, desde siempre, lo han sido por la gracia del Eterno. Pero desde el punto de vista hebreo hay otra definición que complementa a la enunciada y es, "la gracia es el empoderamiento que el Eterno da a los hombres para que puedan andar en sus mandamientos." (Se la escuché al conferenciante mesiánico Michael Rood y me encantó).

     Pero entonces, ¿qué pasa con los escritos del apóstol Pablo, que parecen indicar que la Ley fue abolida? ¿hay contradicción con lo que dijo Yeshúa "no penséis que he venido a abrogar la Ley..."? A quién creemos a Yeshúa o a Pablo, ¿o será que ambos decían lo mismo?

    Tras años de estudio, he podido comprobar que los textos que parecen sugerir un menosprecio a la Torah, como algo antiguo, esclavizante o, incluso de maldición -lo cual es un auténtico disparate- para algunos, son producto de malas traducciones o de malas interpretaciones por parte de la teología occidental, debido a diversos factores:

     Para empezar, traducir la palabra "Torah", que ya hemos visto que significa enseñanza o instrucción, por la palabra Ley, que ya denota sanciones, legalismo, tribunales... implica para el lector un primer rechazo al oirla. Después, desde finales del Siglo I, se fue introduciendo antisemitismo en la iglesia primitiva, favorecido por el desprecio del imperio romano hacia todo lo que tuviera que ver con la cultura judía, tras las revueltas y guerras judeo-romanas. En este vídeo explico algo de esto https://www.youtube.com/watch?v=SqKIfbSVDnA&t=406s
   
     Además de lo anterior, el desconocimiento de la cultura judía y de la llamada torah oral, hace que se confunda cuando Pablo ataca a esta última, como si lo hiciera contra la Torah bíblica. Y, por último se puede observar como Pablo ataca la observancia legalista de la Torah, al igual que hacía Yeshúa, en el sentido de que es preciso conocer el espíritu con el que la Torah, fue dada antes que la literalidad de la letra, en situaciones en que la justicia, la misericordia, la fidelidad y el amor al prójimo, se sitúan por delante de otros preceptos en determinadas circunstancias.

     Seguidamente, paso a exponer algunos ejemplos de todo esto que he dicho:

    Se suele traducir Juan 1:17 de la siguiente forma: " pues la ley por medio de Moisés fue dada, PERO la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.", sin embargo, ese "pero" no viene en los originales, la Biblia textual dice: "pues la Ley por medio de Moisés fue dada, la gracia y la verdad FUERON HECHAS por medio de Jesucristo".

     Es decir, no es que no hubiera gracia ni verdad, hasta que viniera el Mesías, sino que este es la máxima expresión de la gracia y la verdad del Creador hacia nosotros, la culminación del plan de salvación. "Fue Hecha", Yeshúa es la personificación de la gracia, por decirlo así, y la finalidad de la Ley era, en su parte más importante, anunciar y preparar su venida.

     Esto va en concordancia con otro de los versículos malinterpretados, se trata de Romanos 10:4 que dice "porque el fin de la Ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree". Se suele usar, de la misma forma, este texto para declarar que Cristo puso fin a la Ley -lo cual iría contra sus propias palabras como hemos dicho-, sin embargo la interpretación conforme a las Escrituras, sería: "porque la FINALIDAD de la Ley es Cristo...", es decir el propósito final de la Torah es llevarnos a El.

     Otro de los textos que se suelen utilizar para indicar que la Ley fue abolida, es Efesios 2:14-15, que dice:

    "Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz."



      Aquí Pablo, declara que la ley que fue abolida, fue esa ley oral expresada en ordenanzas que hacía referencia a las normas que tenían que guardar los gentiles en el templo de Jerusalén, que solo tenían acceso a un lugar determinado. Nada de eso figura en el Tanaj (Las Escrituras Hebreas, lo que se suele llamar en la iglesia gentil el Antiguo Testamento). Pablo hace lo mismo que Yeshúa, ataca a la torah oral, a las tradiciones de hombres, nunca a la Torah del Padre, a la cual intentaba servir con toda su mente, como dice Romanos 7:25.

    "Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que yo mismo, por un lado, con la mente sirvo a la ley de Dios, pero por el otro, con la carne a la ley del pecado."

    Hay bastantes más ejemplos, pues como dijo el apóstol Pedro, alguno de los escritos de Pablo son difíciles de entender, y es que Pablo habló a veces de la Ley escrita, otras de la ley oral, otras de la ley del pecado y otras de las leyes de los gobernantes, por lo que es preciso pedir sabiduría al Eterno para poder discernir bien lo que quiso decir, pero siempre teniendo presente que el mismo Pablo que condenaba a quienes querían que los gentiles se circuncidaran y guardaran toda la Ley, realizaba votos conforme a la Torah, programaba los viajes teniendo en cuenta la Fiestas en ella recogidas, e incluso acudió al templo donde ofreció sacrificios de purificación -aunque te parezca extraño así fue y viene recogido en Hechos 21:26-.

     Por todas estas cosas es preciso conocer de las Raíces Hebreas. La salvación es por fe y por gracia, siempre ha sido así. Pero la palabra fe en hebreo "emunah", tiene un significado más extenso que en castellano, no solo es una fe o creencia intelectual, sino que también significa confianza y FIDELIDAD, es decir es una fe activa, es lo que quería decir Jacobo (Santiago) y Lutero no llegaba a entender y de ahí esa definición de gracia, no solo como el favor inmerecido que el Eterno nos otorga por medio del sacrificio de su Hijo, sino también la capacidad que nos da para poder vivir en sus mandamientos.

     Entonces ¿cuál es la actitud que debemos tener, nosotros los gentiles ante la Torah? Pues la respuesta en la próxima entrega. Que el Eterno os bendiga.